20 Reglas para tener una buena calidad de Vida

El Instituto Francés de la Ansiedad y el Stress, en París (Institut Français de l’Anxiété et du Stress), definió veinte reglas de vida que dicen los expertos que, si uno consigue asimilar diez, puede tener una buena calidad de vida:

1.-HAGA una pausa de mínima de 5 a 10 minutos por cada 2 horas de trabajo, a lo máximo. Repita estas pausas en su vida diaria y piense en usted, analizando sus actitudes.

2.- APRENDA a DECIR NO, sin sentirse culpable, o creer que lastima a alguien. Querer agradar a todos es un desgaste enorme.

3.- PLANEE su día, pero deje siempre un buen espacio para cualquier imprevisto, consciente de que no todo depende de usted.

4.- CONCÉNTRESE en apenas una tarea a la vez. Por mas ágil que sean sus cuadros mentales, usted se cansa.

5.- OLVÍDESE de una vez por todas de que usted es indispensable en su trabajo, su casa o su grupo habitual. Por más que eso le desagrade, todo camina sin su actuación, salvo usted mismo.

6.- DEJE de sentirse responsable por el placer de los otros. Usted no es fuente de los deseos, ni el eterno maestro de ceremonia.

7.- PIDA AYUDA siempre que sea necesario, teniendo el buen sentido de pedírsela a las personas correctas.

8.- SEPARE los problemas reales de los imaginarios y elimínelos, porque son pérdida de tiempo y ocupan un espacio mental precioso para cosas más importantes.

9.- INTENTE descubrir el placer de cosas cotidianas como dormir, comer y pasear, sin creer que es lo máximo que puede conseguir en la vida.

10.- EVITE envolverse en ansiedades y tensiones ajenas, en lo que se refiere a ansiedad y tensión. Espere un poco y después retorne al diálogo y a la acción.

11.- SU FAMILIA NO es usted, está junto a usted, compone su mundo, pero no es su propia identidad.

12.- COMPRENDA qué principios y convicciones inflexibles pueden ser un gran peso que evite el movimiento y la búsqueda.

13.- ES NECESARIO tener siempre a alguien a quien le pueda confiar y hablar abiertamente. No sirve de nada si está lejos.

14.- CONOZCA la hora acertada de salir de una cena, levantarse del palco y dejar una reunión. Nunca pierda el sentido de la importancia sutil de salir la hora correcta.

15.- NO QUIERA saber si hablaron mal de usted, ni se atormente con esa basura mental. Escuche lo que hablaron bien de usted, con reserva analítica, sin creérselo todo.

16.- COMPETIR en momentos de diversión, trabajo y vida entre pareja, es ideal para quien quiere quedar cansado o perder la mejor parte.

17.- LA RIGIDEZ es buena en las piedras pero no en los seres humanos.
Una hora de

18.- INMENSO PLACER sustituye, con tranquilidad, tres horas de sueño perdido. El placer recompensa más que el sueño. Por eso, no deje pasar una buena oportunidad de divertirse.

19.- NO ABANDONE sus tres grandes e invaluables amigas. Intuición, Inocencia y Fe.

20.- ENTIENDA de una vez por todas, definitivamente y en conclusión: Usted ES LO QUE USTED HAGA de USTED MISMO.


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¿El estrés afecta el peso?

El cortisol es una hormona elaborada por las glándula suprarrenal, ayuda al cuerpo a usar la glucosa, la proteína y las grasas. Se considera la hormona del estrés pues el organismo la fabrica ante situaciones de emergencia interna (infecciones, golpes, enfermedad) o de estrés externo (presiones emocionales, “peligro” o agresión del medio ambiente) para ayudarnos a enfrentar esa dificultad.

En situaciones normales, las células de nuestro cuerpo utilizan el 90% de la energía en actividades metabólicas tales como: reparación, renovación y formación de nuevos tejidos. Pero cuando se produce situación de alarma y estrés el cerebro envía el mensaje a las glándulas adrenales para que liberen cortisol, esto hace que el organismo libere mayor glucosa en sangre para enviar cantidades masivas de energía a los músculos, de esta forma se paralizan las funciones de recuperación, renovación y creación de tejidos pues el cuerpo se concentra en resolver la situación de alarma.

Cuando la situación de estrés ocasional es superada, los niveles hormonales y procesos fisiológicos vuelven a la normalidad, pero cuando el estrés es prolongado, se disparan en el organismo los niveles de cortisol, al ser el único proveedor de glucosa del cerebro tratará de conseguirla por diferentes vías, destruyendo tejidos, proteínas musculares, ácidos grasos y cerrando la entrada de glucosa a lo otros tejidos.

Esta producción excesiva de cortisol ocasiona efectos nada gratos como: acumulación de grasa, destrucción de músculos, flacidez en la piel, debilitamiento del sistema inmunológico, elevación de la glucosa en sangre, dificultad para conciliar el sueño, insomnio, somnolencia, reducción de la función de la glándula tiroides, cambios repentinos de humor, irritabilidad, depresión, incremento del apetito, antojos por lo dulce y reducción del metabolismo.

¿Cómo solucionar esta producción innecesaria de cortisol?

Controlando el estrés prolongado, haciéndonos de herramientas que nos relajen (meditar, reír, bailar, practicar yoga, risaterapia, ejercicio constante, técnicas de respiración, entre otras.)

Puedes hacer 5 respiraciones profundas antes de dormir y también cuando notes que experimentas tensión, esto te ayudará a reducir el estrés. Es conveniente practicar yoga o meditar, piénsalo, nuestras emociones y mente también necesitan depurarse a diario. Además de sentirte más relajado estarás más alerta, brillante y creativo.

Para lograr una buena oxigenación, respira adecuadamente y descansa lo suficiente, mientras dormimos el cuerpo realiza procesos de regeneración asombrosos, recuerda que lo más conveniente es inhalar por la nariz y exhalar por la boca.

¡Controla el estrés, no dejes que controle tu vida!

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Mide y observa tu estado emocional

La salud mental es un elemento integral de la salud que permite la realización de las capacidades cognitivas, afectivas y relacionales de todo individuo. La depresión afecta 2 veces más a las mujeres que a los hombres, 1 de cada 5 mujeres sufre una depresión mayor en su vida, la proporción disminuye a 1 de cada 10 en los hombres. Además el 2.0% de la población ha padecido depresión en la infancia o adolescencia con un promedio de 7 episodios a lo largo de la vida.

Entre el 45 y 65% de la población en la Ciudad de México tienen problemas de estrés negativo, siendo la prevalencia mayor en mujeres debido a sus múltiples roles.

¿Cómo observar y detectar tu estado emocional?

• Piensa y observa cómo te sientes por las mañanas y durante todo el día.

• Percibe si tienes dificultad para concentrarte o realizar tus actividades cotidianas.

• Identifica si estas, triste, irritado, estresado o enojado la mayor parte del día.

• Registra si tienes insomnio o exceso de sueño durante la semana.

• Observa que piensas y sientes cuando estés perdiendo el control sobre tu alimentación o sobre la necesidad de consumir alcohol, tabaco o drogas.

• Consulta algún especialista si tienes algunos de esos síntomas, así como pensamientos recurrentes de muerte o ideas suicidas, y/o estés viviendo situaciones de estrés o violencia.

• Observa y monitorea tus conductas, pensamientos y sentimientos diariamente.

• Visita a tu médico regularmente.

¡Cuídate, mídete, acude oportunamente con el especialista!

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Laparadoja de la tecnología que nos domina sin que nos demos cuenta.

Gracias Lord por esta aportación!

reforma.com

Fuente: reforma.com


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No tengo tiempo para nada‏

caminandoporlaluna-chechu.blogspot.com

He empezado a leer el ensayo La sabiduría de la tortuga (Editorial Almuzara) del profesor de Ciencias Económicas y Empresariales José Luis Trechera. Se trata de un trabajo que exhorta a la calma, a tomarnos las cosas con más tranquilidad, a vivir sin la obligación de ir sin resuello y con la lengua fuera. No es un tema baladí en un momento en que no tener tiempo para nada alcanza ya el rango de pandemia. Afortunadamente empiezan a florecer colectivos para prevenirnos de esta enfermedad. Existe el movimiento Slow que reivindica la benevolencia de la pausa. Su lema nos recuerda con irrefutable lucidez que «la prisa nos hace pasar por la piel de las cosas». Cierto. La aceleración progresiva de la vida nos expropia de la vida, nos arrebata el único tesoro importante que podemos disfrutar. La celeridad, el canibalismo tecnológico, la depredación social, la competencia de una masificación de estímulos beligerando por captar nuestra atención, la necesidad de generarnos una identidad cotizada a través del omnívoro trabajo, las exigencias cada vez más caprichosas de la felicidad, la fragilidad de los vínculos, nos hacen dialogar con nuestro alrededor de un modo epidérmico, bulímico, sin inversión emocional.

Vivimos haciendo zapping. Pasamos convulsamente de un lado a otro. No invertimos la cuota mínima de tiempo exigible para que la información se sedimente en nuestra memoria y se incorpore a nuestra biografía emocional. Cierto que muchos individuos utilizan la sobreexplotación del tiempo remunerado como estupefaciente personal, ansiolítico para derogar cuestiones más relevantes. Pero ese es otro asunto. El autor de La Sabiduría de la tortuga cifra en cuatro las consecuencias de vivir con la sensación de que las agujas del reloj se han desbocado y uno no dispone de tiempo para nada: sufrimos la enfermedad de la prisa, la peligrosa adicción al trabajo, el mordisco del estrés, nos invade el síndrome de burnout y podemos pertrecharnos de un narcisismo estulto. En la vida cotidiana solemos reclamar cierto falso sosiego cuando soltamos a alguien del que necesitamos su colaboración el archiconocido «sin prisa pero sin pausa», consigna que a mí me gusta voltear en un postulado más efectivo y también más relajado «con prisas pero con pausas». También suelo recomendar a la gente más cercana el sofisticado «trabaja pero descansa». Lo relevante no es la celeridad o lentitud con que desempeñamos el hecho de vivir, sino la capacidad de paladear el contenido de lo que nos hace estar vivos, la propiedad más relevante de nuestro patrimonio. Me temo que la velocidad no casa bien con el disfrute. Demos tiempo al tiempo. A ver qué pasa.

Fuente: http://www.negociacion.com  Escrito por Josemi Valle, el 04-06-2010


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Para mayores de cuarenta años: Esto no sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares que se desechan pronto. Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables‏

galeanoUn artículo de Eduardo Galeano

(Para mayores de 40)

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!

¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!

¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos!

¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

¡Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

¡Es más!

¡Se compraban para la vida de los que venían después!

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas de loza.

Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de las Nike?

¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa?

¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?

¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.

El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!

¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.

Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’, pasarse al ‘compre y tire que ya se viene el modelo nuevo’.

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo).

Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

¡¡¡Las cosas que usábamos!!!: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor.

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía ‘éste es un 4 de bastos’.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.

Hasta aquí Eduardo Galeano

Fuente: recibdio por correo electrónico

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Tiempo de calidad. No tener tiempo es argumento, justificación, queja, lamento, pretexto, lugar común y, también y por desgracia, una realidad.‏

highlights-02Como si hubieran pasado cien años, añoramos cuando llegar de tal a cual punto no nos llevaba ni diez minutos o cuando todavía podíamos de ir a comer a la casa; en algunos lugares, el tiempo «de antes» rendía incluso para tomar una siesta después de comer.

Dentro de estas quejas, las más sentidas son las que se refieren a la falta de tiempo para la familia o para los amigos, una cuestión en verdad lamentable, pero, ¿qué se le va a hacer?, en estos tiempos nos tocó vivir.

Recientemente, he oído hablar de un concepto que me ha dejado entre estupefacto y maravillado: resulta que ahora existe un paliativo genial y una perfecta solución para aminorar el impacto de la alarmante falta de tiempo, y a esta maravillosa fórmula, que permite categorizar cualitativamente el tiempo, les ha dado por llamarla «tiempo de calidad».

Lo que les doy es tiempo de calidad

Esta frase es la mejor justificación para todo género de desatinos y es la herramienta con la que el hombre moderno puede trastocar su realidad asumiéndose, ya no como víctima de la época actual —que es la que nos impide disponer de tiempo—, sino como un ser que, con todas sus capacidades, encuentra fórmulas creativas para solucionar problemas que lo depositan directamente en el carril para alcanzar otro de los conceptos con los que ha decidido establecer y venderse una ambiciosa frontera aspiracional: «la excelencia».

La excelencia es ese concepto, meta, ideal y objetivo de vida que, con el afán de allanarnos el camino, nos regalan a diario artículos, libros, seminarios, simposios y peroratas de la peor caterva. Pero para aquellos que creen firmemente en las bondades del tiempo de calidad, este concepto es quizá lo más avanzado y revolucionario en cuestiones de física moderna. Lo curioso es que el innovador concepto tiene también implícitas algunas variables de carácter sociológico, en virtud de las cuales no cualquiera tiene la capacidad de brindar tiempo de calidad: al parecer, para poder brindarlo, se debe contar —sobre todo mentalmente— con un «perfil ejecutivo» y llevar un estilo de vida en el que los retos laborales lo desborden a diario; sólo aquel que siente el estrés y la complejidad de este estilo de vida será capaz de diferenciar entre el tiempo convencional y el tiempo de calidad. Así, somos muchos los que debemos conformarnos con el escalafón de quienes no estamos calificados para brindar tiempo de calidad y que, por lo tanto y para nuestro desdoro biográfico, tampoco podremos cifrar nuestras esperanzas en alcanzar la excelencia.

El invaluable consejo de «No te preocupes, trata de darles tiempo de calidad», me recuerda la fábula aquella del lagarto economista, que le sugirió a una pobre rana que había perdido una de sus ancas y, por lo tanto, 50% de su capacidad de locomoción, que se convirtiera en ciempiés, porque entonces la pérdida de su extremidad sólo implicaría perder 1% de su capacidad locomotriz; al oír esta genialidad, la rana se puso eufórica, pero esta euforia se volvió a convertir en tristeza al darse cuenta de que el lagarto economista, artífice de la teoría, en la práctica era incapaz de transformarla en ciempiés. Tener la posibilidad —-o el don— de poder convertir el simple tiempo en tiempo de calidad es la panacea moderna y la piedra filosofal de nuestros tiempos.

Sabia virtud de conocer el tiempo… de calidad

Esto del tiempo de calidad me ha afectado de diversas maneras, pero la que más me inquieta ahora es no saber si el tiempo que me dedicaron mis papás fue tiempo de calidad o simple tiempo convencional. Vivo atribulado tratando de dilucidar si hubo tiempo de calidad y de determinar, si es que lo hubo, de qué calidad era el tiempo de calidad de mis papás. Hay días en que me rindo y me digo que es inútil, porque si en su época ellos no concebían el tiempo de calidad, entonces jamás me lo pudieron brindar porque, por principio, no se puede brindar aquello que no se conoce.

Me pregunto también, obsesivamente, si el tiempo de calidad que a mí me dieron —asumiendo que así lo hicieron— fue de una calidad mayor, igual o inferior a la del tiempo de calidad que le dieron a mis hermanos. El problema se ha agravado porque, al realizar pesquisas entre mis cuatro hermanos, me he topado con reacciones inusitadas: nada más de pensar que uno de ellos —y al ser yo el más chico— me salga con un «¡N’hombre! ¡Tiempo de calidad el que a mí me dieron!», me entra un sentimiento inexplicable, una especie de dolor de muelas en el corazón; si uno de ellos, medio sorprendido por mi pregunta, me responde con un «La verdad no te sabría decir», pienso que está ocultándome algo y no sé por qué empiezo a sospechar que, en algunas de las muchas horas de tiempo que me brindaron mis papás —atreviéndome a calificarlas como tiempo de calidad—, en realidad me escamoteaban los minutos y por ahí, entre minutos y minutos, entremezclaban tiempo que o no era de calidad o era de una calidad inferior, y entonces me intriga saber a quién le dieron o qué hicieron con esos minutos de calidad que me escamotearon.

Por ejemplo, cuando mi mamá me llevaba al cine junto con mi hermana Maricarmen y mi hermano Toño, lo común era entrar al cine —lo cual, dado el sentido de la previsión que mi mamá tenía para todo, solíamos hacer con bastante anticipación— y, después de haber ocupado cuatro butacas céntricas, ver primero los cortos y luego la película en completo silencio y sin hacer comentario alguno. Hoy me pregunto si ahí en el cine, sentados en las butacas, sin hablar, uno de los tres estaba recibiendo un mejor tiempo de calidad o si éste era parejo.

¡Ah, qué tiempos de calidad aquellos…!

Otro asunto fundamental es definir si el tiempo de calidad puede medirse con el mismo sistema con el que medimos el tiempo convencional o si existe otro más sofisticado. Incluso, y ya entrados en esta clase de disertaciones, es válido preguntarnos si un reloj cualquiera puede medir el tiempo de calidad o si para ello se requiere uno de los relojes que, por regla general, sólo pueden permitirse aquellos de perfil ejecutivo. De ser cierto lo primero, habría que aceptar entonces que existen segundos de calidad, minutos de calidad y horas de calidad. Ya pensar en días de calidad sería demasiado ambicioso si partimos del supuesto de que el tiempo de calidad sólo pueden brindarlo aquellos que, justo, no tienen tiempo; aunque, claro, siempre existirá por ahí alguna alma privilegiada que, desprendida y generosa, pueda presumir que a alguien le brindó una semana de calidad —ya el mes de calidad queda desechado, porque sería un principio de contradicción para el concepto y un oxímoron de la temporalidad cualitativa.

Esta categorización del tiempo de calidad puede ser práctica para algunos fines, pero también puede ser un arma de dos filos y una herramienta que, en manos de una mente manipuladora y chantajista —o, bien, acorralada—, puede generar reproches como: «Yo lo que te pedía era que me brindaras, no horas de calidad, sino minutos de calidad», o reclamos más profundos: «Siempre sentí que, en tus minutos de calidad, los segundos no eran de calidad». Por supuesto, habrá quien, filosófico y maduro ante alguna desavenencia, exponga un geográfico y contundente «Creo que, entre nuestros tiempos de calidad, nuestros meridianos jamás correspondieron».

Aún sabiendo que, en mi caso, el interés por el tiempo de calidad siempre será en su aspecto teórico, he pensado seriamente qué instancia habrá más allá del tiempo de calidad, porque si el tiempo convencional pudo evolucionar hacia el tiempo de calidad, éste también evolucionará hacia algo mucho más especializado. Me atrevo aquí a postular e introducir en exclusiva que, después del tiempo de calidad, aquellos que hoy tienen la capacidad para brindarlo, tendrán la facultad para brindar «tiempo de excelencia».

Tiempo de excelencia

Si brindar tiempo de calidad pone a los privilegiados en el carril hacia la excelencia, al llegar a ésta —ya que deben de existir claves e indicios iniciáticos que les hagan saber que ya lo hicieron—, podrán brindar tiempo de excelencia, aunque todavía no sé si éste se vaya a brindar o se vaya a otorgar —volviendo a lo básico, es pertinente recapitular que quienes usamos el tiempo convencional sólo damos tiempo, mientras que los inmersos en el tiempo de calidad tienen la potestad de brindarlo y esto no es sólo una cuestión de semántica.

Como para muchas otras cosas, me queda el recurso de imaginar qué hubieran respondido mis papás de haberles formulado la pregunta: «¿Alguna vez me brindaron tiempo de calidad?». Las respuestas probables son contundentes: mi mamá me hubiera cuestionado: «¿Qué visiones son ésas?», y mi papá me hubiera respondido con otra pregunta: «¿Qué clase de estupidez me estás preguntando?».

Para terminar con este tema, y porque el tiempo de calidad es oro, les dejo estas sentencias, con la idea de que cada quien aporte las suyas, pero, eso sí, con la única condición de que, para hacerlo, se tomen su tiempo de calidad:

Consejo valioso: Te deseo que tu tiempo de calidad se vea multiplicado y que tengas la sabiduría para brindarlo con equidad y generosidad

Confidencia: No es que no les dé tiempo de calidad, lo que pasa es que ellos no saben distinguir entre mi tiempo convencional y mi tiempo de calidad

Frase sabia: Si alguien te hace perder el tiempo, procura que el tiempo que pierdas no sea tu tiempo de calidad

Queja: —Señorita, usted nada más me hizo perder mi tiempo de calidad. —Lo siento mucho, señor, pero yo no tengo la culpa de que usted haya dispuesto de su tiempo de calidad para realizar un trámite que bien se podría haber hecho con tiempo convencional.

Fuente: http://www.algarabia.com

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Vivimos atiborrados de objetos y de pendientes por hacer, hasta que un día parece imposible detenernos. ¿Existe un remedio para evitar la obsesión por acumular? ¿Nos desbordan los excesos?

Messie_mess_1Trabajar hasta el cansancio, querer ganar más dinero y gastar para dispersar nuestra dósis diara de hiperactividad son síntomas evidentes de que no estamos ejerciendo nuestro libre albeldrío.

Una vez que estamos ahí, nos sentimos atrapados en una espiral agobiante, de la que nos cuesta trabajo salir. En ella casi siempre están vinculados los campos del estrés profesional y la planeación del espacio ¿Podemos evitar caer en esta triste compulsión?

¡Demasiado trabajo!

Las tareas que realizamos a diario nos generan cierto nivel de ansiedad. Esta tiene unos ciertos efectos positivos, en tanto que nos puede ayudar a llevar a cabo con calidad y en un tiempo específico obligaciones como las tareas laborales o el cuidado de la familia, sin embargo si no la controlamos puede llegar resultar más conflictiva de lo que pensamos. Llenarse de actividades puede generar un estrés incontrolable. Las personas que se imponen muchas más actividades de las que pueden manejar dejan de lado ciertos elementos importantes y necesarios para la salud mental. En realidad, renuncian a una buena calidad de vida. A pesar de que la situación resulta compleja, esas personas no tienen mucha consciencia de su problema y, en consecuencia, siguen incrementando el número de actividades que deben desarrollar. A esas personas les invade la necesidad de sumar más tareas de las que ya realizan, como una forma aceptada y educada de no enfrentar los problemas laborales, familiares o personales. Sin embargo, con el tiempo ese escape deja de funcionar y se vuelve en contra de quien lo escogió como alternativa.

Antes de estallar.

Por lo general, quien padece de este problema suele negarlo, pero puede asumirlo cuando se percata que su comportamiento daña su estilo de vida. Es decir, lo reconoce si recurre al alcohol, se vuelve irritable, no se concentra y tiene fallas en su desempeño. Aunque una persona se dé cuenta de su error, a veces suelen pasar hata diez años antes de que acuda a un especialista. Y es que es gente que funciona más o menos bien, pues su mal no causa consecuencias drásticas como perder el trabajo. Sin embargo, se sufre  mucho en lo individual.

Señales de alerta.

Acumulamos migrañas, dolores musculares y respiratorios sin que exista una razón aparente. Tenemos la líbido en su nivel más bajo, picamos entre comidas, porque necesitamos azúcar, estimulantes. No podemos concentrarnos, se nos olvidan los asuntos urgentes, cada vez tenemos más lapsus y nos volvemos más irritables. Por lo general sentimos que actuamos por obligación y cada vez tenemos menos actividades de ocio, estas son algunas de las manifestaciones de que hemos perdido contacto con nuestros deseos y con los placeres de la vida.

Este estrés es alarmante cuando no se liga a un echo particular, sino que se vuelve crónico. En ese caso, acumular responsabilidades atenta contra nuestra salud.

Cuando estamos estresados nuestros pensamientos se dispersan, lo que aumenta la tensión y nos vuelve ineficientes.

Retomar las riendas.

Si estamos bajo los efectos de la presión laboral, en general llevamos a cabo solo las tareas secundarias y dejamos de lado las más importantes. Por eso debemos preguntarnos ¿Qué es lo prioritario para nosotros? El objetivo no es pensar “Necesito hacer esto”, lo cual genera nerviosismo y resulta desmotivador. En cambio, lo mejor es decirnos “Yo decido que ésto es lo importante” y enfocar nuestra atención en realizar eso en primer lugar, dejando a un lado las actividades que solo nos estancan.

Ser pacientes.

Para encontrar el equilibrio, es necesario llevar a cabo ciertos ajustes en nuestra rutina de trabajo, como delegar, organizar las tareas, y desechar lo inútil.

Demasiadas cosas.

¿Quién no ha perdido el control en una tienda para despejar la mente, luego de una jornada de trabajo complicada o para consolarse de una depresión? ¿Cómo entender si esa actitud rebasa lo razonable y es, en realidad, síntoma de algo más? ¡Comprar es mi pasatiempo favorito, lo único que me pone de buen humor! Si caemos en ese juego, nos acecha la insatisfacción (y las deudas) Además, al darnos cuenta de que lo que compramos no nos interesa, nos llenamos de culpa y enojo. Para ello conviene preguntarnos ¿De qué me sirve lo que deseo comprar? ¿Cuándo me quejé por no tenerlo?

Demasiado caos.

Otro de los focos rojos que nos abruman es el desorden, que generalmente se hace evidente en el hogar. Nuestra casa es la prolongación de nosotros mismos, si ya no tenemos espacio, si hemos perdido el control sobre lo que poseemos y acumulamos, nuestro propio bienestar y el de nuestra familia se pueden ver afectados.

El problema es que el proceso de eliminar lo que no nos sirve involucra las emociones, y cuando dejamos que éstas predominen, deforman nuestras prioridades y deseos, por ejemplo, si sentimos enojo o rencor, damos paso a lo que puede alimentar ese estado de ánimo y por lo general se trata de emociones y actividades negativas. Cuando nos invade la emoción, debemos enfocarnos en las actividades prioritarias, las más racionales, que realmente pueden beneficiarnos. Si el eliminar resulta demasiado doloroso o imposible, no está de más ir a una terapia psicológica para superar la relación afectiva que tenemos con los objetos. El caos extramo genera estrés y éste a la larga tiene efectos contraproducentes y dolorosos. Si no logramos frenarnos a tiempo, puede incluso surgir una descompensación orgánica que a la larga genera estados depresivos. Nada que poseamos debe ser tan importante como para impedir que pongamos freno a la carrera por acumular y tomemos una gran bocanda de aire fresco.

Fuente: Psychologies Magazine

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Cuando vas por la calle la gente te atropella como si fueras transparente, te quiere pasar por encima, no existes”, Esta impersonalización que transforma al otro en una cosa es hoy una característica de nuestra sociedad, que nos empuja a vivir hacia afuera, con cierta huída de nosotros mismos”, el peor de los males de este tiempo es la inadvertencia

indi La clásica ley universal que niega al otro para actuar sin culpa (“¿ojos que no ven?”) se ha corporizado con particular intensidad en el mundo actual. El otro (el prójimo, el semejante) aparece desdibujado, como si sus fronteras fueran invisibles.

“Cuando vas por la calle la gente te atropella como si fueras transparente, te quiere pasar por encima, no existes”, se queja la diseñadora gráfica Lorena Szenkier.

“Esta impersonalización que transforma al otro en una cosa es hoy una característica de nuestra sociedad, que nos empuja a vivir hacia afuera, con cierta huida de nosotros mismos”, dice el sicoanalista Alfredo Painceira, que dictó la conferencia “El mal como la negación del otro “, en el VII Congreso Argentino de Sicoanálisis.

“Los vínculos entre las personas tienden a hacerse cada vez más instrumentales -dice
Painceira-. El otro pierde su carácter de semejante para convertirse en cliente, rival o sencillamente en un instrumento para obtener algo.”

El automatismo y la anomia de las ciudades superpobladas ceden ciudades más pequeñas, en donde la trama social se teje con nombres propios, los vínculos son más personalizados y cada uno ocupa un rol irreductible. Sin embargo, la tendencia general es de pérdida progresiva de la capacidad de empatía, de reconocer al otro y armonizarse con sus parecidos y diferencias.

“La raíz de muchos males contemporáneos tiene estrecha relación con esta imposibilidad de reconocer al otro”, dice Painceira, y rescata una advertencia de Juan Pablo II, quien poco antes de morir señaló que . el peor de los males de este tiempo es el de inadvertencia

Pero la conversión del otro en un “objeto/nada”, tal como lo definió la licenciada Estela Bichi, que también participó en el congreso, no lleva patente.

Mediante este procedimiento, la civilización ha realizado, a lo largo de su historia, innumerables actos de incivilización y barbarie, aunque no siempre con la premisa del sadismo, sino de lo que la filósofa y pensadora alemana Hannah Arendt llamó “banalidad del mal”.

Una de las cosas que más extrañaron a Arendt cuando conoció al genocida Adolf Eichmann, corresponsable de ‘la solución final’ planificada por los nazis contra judíos y opositores, fue que se trataba de un burócrata: despersonalizando a las víctimas, transformándolas en simples números, convertía el Holocausto en un problema matemático. “Tenemos que matar a cinco millones de personas con el menor costo. ¿Cuál es el método más barato?”

Sin alcanzar el dramatismo extremo que se ha repetido a lo largo de la historia en infinitas escenas de crueldad acompañada de anestesia, la vida actual multiplica cotidianamente escenas protagonizadas por quienes hacen del otro una nada, hecho que los avala a proceder con la mayor de las libertades sin asumir compromiso alguno sobre su propia conducta.

El saber popular lo resume con la frase “La libertad de uno termina donde empieza la del otro”.

La ecuación es sencilla: si el otro no existe, la libertad de uno se expande. Pero el otro existe.

Prohibido hacerse el autista

Uno de los resortes sicológicos que subyacen a este pase de magia que esfuma al otro tiene seguramente una raíz primitiva: “Quien no ha sido percibido, tratado ni sentido como persona en sus primeros años no puede desarrollar él mismo la capacidad de hacerlo”, explica Painceira. Las personas con estas características “no sienten, viven desconectadas de sus afectos, en un cuerpo que sienten como un objeto más en un mundo de objetos”.

Sin embargo, la multiplicación del fenómeno permite pensar en mecanismos sociales que activan los engranajes del individualismo extremo. “En nuestra cultura cada vez es menos fuando vas por la calle la gente te atropella como si fueras transparente, te quiere pasar por encima, no existes”, Esta impersonalización que transforma al otro en una cosa es hoy una característica de nuestra sociedad, que nos empuja a vivir hacia afuera, con cierta huida de nosotros mismos”, el peor de los males de este tiempo es la inadvertencia recuente la relación yo-tú, y cada vez es más frecuente el contacto puramente instrumental del otro, que pasa a existir exclusivamente cuando es un obstáculo o cuando lo necesitamos.

“La manifestación de esta devaluación del otro se manifiesta en hechos cotidianos que, en opinión de Renata Pavani, demuestran “una brutal pérdida de valores y prioridades, además de una despersonalización de nosotros mismos”.

Desde la experiencia que adquirió invirtiendo tres horas diarias en viajar desde y hacia su trabajo como product manager de una editorial médica, comenta: “Hemos llegado a tal nivel de patetismo, que el otro día en el metro descubrí un cartel, paralelo al oficial, que decía ‘Prohibido hacerse el dormido’, y se veía a una mujer embarazada colgada del pasamanos y a un chico joven sentado, que parecía dormido…”.

“El mecanismo es similar con las normas de tránsito y tantas otras normas -concluye-. Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero cuando nos toca hacerlo, nos hacemos los autistas.”

Fuente: http://www.eluniversal.com.mx

El horno de microondas, ni tan, tan, ni muy, muy

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¿Realmente haces un uso adecuado de tu horno de microondas? ¿Sabías que no todos los alimentos pueden ser sometidos a la misma temperatura?

Los radicales cambios de vida ocasionan que las personas dispongan de poco tiempo para la preparación de sus alimentos. Regularmente en los centros de trabajo, los empleados disponen de poco menos de una hora para consumir sus alimentos. Por ello, muchos individuos han recurrido por comodidad, al uso del horno de microondas para hacer más sencilla y rápida la hora de la comida, aunque esto traiga como consecuencia adoptar una mala alimentación. No obstante, si se utiliza adecuadamente y con moderación se puede sacar mayor provecho de este recurso.

¿Cómo funciona el micro?

El horno de microondas emite ondas electromagnéticas, a través de celdas que provocan fricción en las moléculas del agua que contienen los alimentos y giran sobre sí mismas. El calor solamente penetra dos centímetros en la comida por lo que éste se propaga al resto del área.

Antes de oprimir el botón de inicio…

Para un óptimo desempeño del horno de microondas, el calor debe atravesar perfectamente los recipientes que contienen tu comida. Te recomendamos el uso de platos de vidrio, porcelana o plástico para dicho efecto.

Existen algunas clases de plásticos que al ser expuestos al calor, desprenden parte de su compuesto añadiéndose a la comida, volviéndola dañina. Dentro de la gran variedad de recipientes de plástico, utiliza solamente los que han sido fabricados para el uso del microondas; normalmente, contienen una etiqueta que así lo indica.

Otros materiales que te servirán como auxiliares en el calentamiento de tus alimentos, es el uso de papel absorbente, bolsas para cocción para horno y papel de estraza.

¡Cuidado!

Por ningún motivo introduzcas objetos metálicos en el horno, papel aluminio o platos que contengan dibujos o adornos con motivos metálicos, pues las moléculas que giran en el alimento se verán afectadas y provocarán la descompostura del aparato. Asegúrate de que los recipientes no se encuentren tapados, pues el agua de la comida se transformará en vapor, creará presión y finalmente el contenido explotará.

Recomendaciones

Los alimentos con poco contenido de agua, en comparación con los que tienen más líquidos, se calientan mucho más rápido, por lo que debes cuidar que éstos no se vayan a quemar si son sometidos a altas temperaturas. Otra ayuda que brinda el microondas, es que puede descongelar la comida en breve tiempo a la vez que desintegra los gérmenes.

Una de las quejas frecuentes de los usuarios de estos aparatos electrodomésticos, es el rápido enfriamiento de la comida. Para ello, los fabricantes recomiendan revolver la comida una o dos veces durante el proceso de calentamiento. Una vez apagado el horno, deja reposar al menos 20 segundos la comida para que el calor se distribuya en toda el área.

Al desocupar el horno, aséalo. Esto no te tomará mucho tiempo, sólo basta limpiar las paredes del aparato con un paño de textura suave, impregnado con bicarbonato y limón o rociado con una solución desinfectante diluida para que éste no guarde olores ni sabores.

¿El horno de microondas influye en el valor nutritivo?

Por el momento no se ha demostrado que los alimentos cocinados con este método pierdan tantas sustancias nutritivas ya que se guisan en su propio jugo. Sin embargo, no toda la comida puede cocinarse mediante el mismo procedimiento. Los minutos que debe permanecer cada platillo dentro del horno dependerán del volumen de comida. En caso de exceder el tiempo, es posible que las vitaminas se pierdan. Además, los alimentos cocinados de esta manera tienden a debilitar su aroma y son menos atractivos al gusto.

Para disfrutar al máximo tu comida

Al introducir los recipientes en el horno, cúbrelos con una tapa y evita que tengan contacto con la comida. Si optas por calentar varios platillos a la vez, procura que la cantidad de alimento sea igual en todos ellos, así obtendrás una temperatura uniforme. Para un mejor resultado, con ayuda de una cuchara mueve tus alimentos por lo menos dos veces durante la cocción para que se caliente el que está al fondo del recipiente.

El guiso de algunos alimentos se lleva a cabo de distintas maneras. Las pastas y el arroz necesitan el triple de volumen de agua que de alimento. En el caso de las sopas, éstas deben ser calentadas directamente en el recipiente de origen.

Para la carne en grandes porciones, debes deshuesar y cocinar al 50 por ciento de potencia, así el calor llegará al interior y la superficie no se sobrecalentará.

Los pescados no tendrán problema alguno, pues son una buena opción para cocinarlos en horno de microondas. Si prefieres, puedes añadir unas cuantas gotas de agua, sal, aceite y limón. Además, puedes mezclar este platillo con otros alimentos como trozos de verduras.

El horno acelera el proceso de cocción y calentamiento, empléalo correctamente, prefiere consumir alimentos naturales que los preparados y procesados para calentarse y consumirse, su uso debe ser eventual, no habitual. En el mercado encontrarás los aditamentos adecuados para conservar, preparar y guardar tus alimentos, así como recetarios especializados para cocinar en microondas.

Las innovaciones de la tecnología en la alimentación pueden ser una gran ventaja, ejemplo de lo anterior es el horno de microondas. Su uso, como el de cualquier otro aparato, requiere de cuidado para evitar accidentes y de un uso correcto para alargar su vida útil.

Referencia informativa: http://www.alimentacion-sana.com.ar; http://www.fsis.usda.gov; http://www.radiocentro.com.mx

http://www.todoennutricion.org