Leyendas Coloniales: La Iglesia del Colegio de Porta Coeli

Luis González Obregón

Luis González Obregón

Desde la llegada de los domínicos a tierras mexicanas en el año de 1526, quisieron como toda orden religiosa que se preciara, fundar su iglesia y su convento, pero por diversas circunstancias no lo lograron hacer, hasta que por fin el gobernador Alonso de Estrada les cedió unos terrenos en donde levantaron el convento principal, terminándolo en el año 1590.

Pasaron algunos años ya establecidos en la capital de Nueva España, cuando fundaron el colegio de Santo Domingo de Porta Coeli, a un costado de la Plaza del Volador, donde podemos visitar el templo hoy en día. Para llevar a cabo dicho proyecto compraron las casas de doña Isabel de Luján, nieta de Alonso de Estrada, la cual las vendió a la Provincia de Santiago de México por la suma de doce mil ochocientos dos pesos; los inmuebles fueron arreglados para el fin que se les pretendía dar, y la Provincia tomó posesión de estos el 18 de agosto del mismo año.

El colegio tuvo como primer rector al padre fray Cristóbal de Ortega, lectores de teología a fray Antonio de Hinojosa y fray Diego Pacheco y como profesor a fray Damián Porras, en donde impartieron cursos de gramática, filosofía y teología. Porta Coeli fue aprobado en el capítulo provincial de 1604 y por el general de la orden fray Gerónimo Xavierre en el capítulo celebrado en Valladolid de Castilla, en siguiente año; con esta serie de trámites se le concedía a la recién fundada institución los privilegios que gozaban los demás colegios y universidades de la orden de predicadores, para lo cual fue ratificado por el siguiente general de la orden fray Agustín Galamino, en noviembre de 1609.

La iglesia fue terminada varios años después, ya que hasta 1711 fue dedicada. El colegio fue ampliado comprando casas contiguas, el pequeño templo conservó sus dimensiones originales y su aspecto no fue modificado en lo absoluto, así que podríamos decir que esta joyita quedó atrapada en un túnel de tiempo. Pero no por ser una iglesia pequeña hay que menospreciarla, ya que es notable por sus altares y adornos; situado de sur a norte, teniendo en esta orientación su puerta principal y el fondo el altar mayor. Sus torrecillas apenas sobresalen de las azoteas contiguas, en tanto que en su fachada todavía podemos ver aquel aire de otra época en la leyenda en latín, que dice: “Terriblis est locus iste. Domus Dei est. Et Porta Coeli”, que traducido al español quiere decir, “Este es un lugar estremecedor. Es la Casa de Dios. Y la Puerta del Cielo.”

En frente del colegio fue colocado un tablado para que los jueces se sentaran para presenciar el auto de fe celebrado en la Plaza del Volador en 1649; dicho tablado se encontraba comunicado con el interior por medio de una abertura, dentro de la cual se levantó un dosel negro con las armas reales bordadas en oro, una mesa revestida de terciopelo negro con sus almohadas y sillas que hacían juego, y un hermoso tintero de plata para el tribunal; la fachada fue adornada con ocho columnas jaspeadas y el texto escrito del tema que debía tratarse durante el sermón; sobre el arco que sostenía la parte superior de la abertura se colocaron las armas del Pontífice reinante Inocencio X, y a sus lados las estatuas de la Fe y la Justicia .

Durante aquella época las órdenes religiosas buscaban en estos colegios la instrucción que les diera la fuerza necesaria para guiar y combatir, pues el ideal era aparecer anonadados ante la grandeza de Dios, pero a la vez proyectar la imagen de fuertes y poderosos ante la sociedad y la naturaleza, combinando estas actividades con la meditación. La orden de predicadores sujetaba a sus integrantes a tres votos: unión con la comunidad, libertad exterior y la ilustración que da el estudio; esta filosofía se extendió por todas partes y entre los miembros más destacados estuvieron fray Bartolomé de las Casas, defensor de los indígenas.

De la grandeza de Porta Coeli solo quedan las crónicas escritas en papel, que nos recuerda lo que tras sus muros vivieron sus integrantes para formar religiosos que pudieran enfrentarse a la época que les tocó vivir; apenas algunas personas recuerdan al pasar por aquella humilde iglesita, que allí se afanaron otros más en la expansión en la intelectualidad y el fomento de la sed del saber.

Con la entrada de las Leyes de Reformas, el convento pasó a ser de propiedad privada y el templo fue cerrado, pero años después fue abierto nuevamente para el culto. Afortunadamente se libró de la destrucción que desencadenaron dichas leyes, y hoy en día podemos apreciar su belleza; no debemos de perder la oportunidad de visitar la réplica del Señor del Veneno, protagonista de muchas leyendas. El templo de Porta Coeli hoy en día está dedicado al culto católico del rito greco malaquita o melkita.

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Leyendas coloniales presenta: El Colegio de las Vizcaínas

Colegio de las vizcaínas

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En tiempos de la Colonia, existía un solar que se encontraba limitado por los callejones de Pañeras, Caleras, Esmeralda y Gorilla, y que actualmente conocemos como las calles de Vizcaínas, Meave, Aldaco y Echeveste, donde se encuentra construido el famoso Colegio de las Vizcaínas o Colegio de San Ignacio, inaugurado en el año de 1766.

Las crónicas nos cuentan que a mediados del siglo XVIII, vivían en la capital de Nueva España un grupo de tres amigos que habían vivido en comunión espiritual con estrictos entrenamientos; estos hombres eran Ambrosio de Meave, originario de Villa de Durango, Vizcaya; Francisco de Echeveste, de Villa de Usurbil, Guipúzcoa; y José de Aldaco, proveniente de Oyarzun.

El primero de ellos llegó muy joven a tierras mexicanas, haciendo fortuna en el comercio, después el Ayuntamiento y la Archicofradía del Santísimo, le encomendaron la tarea de administrar los fondos para construcción del Hospicio de San Hipólito y la reedificación de los Colegios de Aranzazú y el de las Doncellas.

El segundo fue general del rey de los galeones de Filipinas y embajador enviado al Rey de Tonquín del imperio chino, y en México llegó a convertirse en prior del Tribunal del Consulado.

El tercero fue muy destacado aquí en México por ser el apartador general de oro y plata, así como también por ser reactor de la Cofradía de Nuestra Señora de Aranzazú.

En 1671 estos tres hombres tuvieron la idea de crear una hermandad que sirviera como centro y escuela de caridad para niñas pobres, donde se tenía preferencia por las vascas en primer lugar, y después las españolas, sin mancha alguna en su nacimiento, pues no se admitían con mezcla de sangre porque desprestigiaban a la institución: Así quedaría conformado en Colegio de Niñas de San Ignacio de Loyola, mejor conocido en nuestro días como el Colegio de las Vizcaínas.

El lugar donde se encuentra en pie este edificio, en algún tiempo fue un terreno baldío que servía de muladar, y que fue comprado por la cantidad de 33 mil 618 pesos fuertes, y la obra costo más de 2 millones. La construcción comenzó a mediados del año de 1734, donde estuvo a cargo el Obispo de Durango, doctor Martín de Elizacochea; el colegio fue terminado el primero de septiembre de 1753, dando su aprobación por su fundación y constitución el rey Carlos III.

Al parecer ya todo estaba terminado, pero el problema que enfrentaban sus fundadores era que quería que la docencia fuera independiente del clero del Estado, situación que siempre los tuvo en una prolongada lucha, que adquiriera grandes penalidades contra prelados y autoridades, llegando a complicarse de tal modo, que uno de los fundadores propuso a sus otros dos compañeros que si no obtenían la autonomía le prendieran fuego a lo que tanto tiempo y recursos les había constado forjar.

El colegio de las Vizcaínas, al igual que el colegio de San Ildefonso, es un claro ejemplo de cómo eran los planteles educativos durante la época de la colonia, cuando el estilo arquitectónico que predominaba era el barroco. La primera traza del proyecto, según nos cuentan las crónicas, fue de la autoría de don Pedro Bueno Basori, quien murió cuando se comenzaron los trabajos de construcción, después la obra quedaría a cargo del maestro de arquitectura don Miguel José de Quiera.

Actualmente, cuando pasamos por enfrente de este hermoso lugar, podemos apreciar en su portada la crestería en forma piramidal, lo cual da al edificio un aspecto de inconfundible majestuosidad. La portada de la capilla fue construida en 1786 por Lorenzo Rodríguez; pero lo que se podrá considerar la columna vertebral son los cuatro patios principales, trazados de tal forma pues el tránsito entre corredores queda perfectamente comunicado, y por si no fuera poco también hay que destacar su monumental escalera. Tampoco puede pasar inadvertida su hermosa fachada de tezontle, los portalones de cantería y su fuente, son obras de la más exquisita belleza.

En cuanto a la capilla, afortunadamente todavía conserva sus retablos estilo churrigueresco, y además cuenta con un pequeño museo con pinturas, muebles y objetos de orfebrería, que fueron encontrados todos desperdigados.

El 8 marzo 1800 la ciudad de México sería azotada por un terrible terremoto, que dejó el inmueble bastante dañado; por suerte demandado reparar al poco tiempo y quién quedaría a cargo de este trabajo, fue el director de arquitectura de la Academia don José Antonio González Velázquez, junto con don Ignacio Castera.

Datos curiosos

El obispo don Martín Elizacochea era peninsular, pues nació en Azpilicueta, Navarra fue catedrático en Alcalá y se traslado a la Nueva España como canónigo de México, pero a este hombre se le recuerda por haber erigido en su ciudad episcopal el templo de Santa Rosa.

En el colegio de San Ignacio, estudió doña Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora de Querétaro, quien siempre se destacó por ser una alumna muy inteligente, pero muy traviesa.

Se dice que don Benito Juárez, le bautizó con el nombre de Colegio de la Paz.

Hoy en día podemos ver todavía en pie el colegio de San Ignacio o de las Vizcaínas, mejor conocido con este último nombre, pero desgraciadamente se encuentra bastante deteriorado, y es difícil creer que en ese lugar se hagan eventos importantes, debido a que el rumbo no es muy bonito que digamos, pues con todo el dinero que sacan de la renta lo mínimo que podrían hacer los encargados es tener bonita del edificio, no sólo para organizar eventos, sino por su enorme valor histórico y cultural.

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Leyendas coloniales presenta: La incestuosa casa de los Ruvalcaba (Sucedió en la hoy calle de Uruguay)

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Horrendo en el relato de lo ocurrido en una casona que aún hoy levanta sus viejos muros en la que conocemos por la calle de Uruguay número 92. Se tratan de hechos monstruosos que dieron fama siniestra a la casa de los Ruvalcaba, allá en el primer cuarto del siglo XVII.

Allá por el año de 1628, es decir durante la primea cuarta parte del siglo XVII, piratas holandeses habían desembarcado en el puerto de Acapulco, muchas familias hispanas huyeron a las selvas escondiendo sus tesoros e hijas; si embargo, los piratas al mando del audaz capitán Spilberg se marcharon sin causar daño, tomaron víveres, vinos, frutas e hicieron agua dulce y se marcharon en paz. Por esos mismos días, por el canal de las Bahamas, merodeaba otro pirata sanguinario llamado Pedro Hein, este andaba en pos de naves españolas y portuguesas para arrebatarles sus tesoros; el pirata llevaba diestros artilleros y pesados cañones en ambas bandas así, el 19 de septiembre los piratas se apoderaron de una nave española que llevaba doce millones de pesos fuertes.

Por ese tiempo era virrey en Nueva España don Rodrigo Pacheco y Osorio, Marqués de Cerralvo, y todos los habitantes estaban preocupados por la presencia y hazañas de los piratas. En aquellos días vivía en la calle que se llamó de Ortega, de Tiburcio, San Agustín, de don Juan Manuel, Balvanera, San Román, Puerta Falsa de la Merced, Santiaguito y que hoy conocemos por Uruguay, un riquísimo anciano llamado don Servando de Sáenz y Ruvalcaba, quien era dueño de dos minas de oro y una de plata, cuyas vetas producían más cada día, y cuanto más tenía más avaro se hacía y su sed de atesoramiento también, evitaba el pago de diezmos y eludía llevar su metal a la Casa del Apartado. El anciano era viudo y tenía dos hijos: Manuel de 26 años y Paz de 19, pero a pesar de su abundante riqueza no les compraba nada de ropa, la poca que tenían eran casi harapos, apenas les daba de comer y no tenían criados.

Don Servando, teniendo conocimiento de los piratas que acechaban los océanos y el solo hecho de pensar en que su fortuna fuera robada, se dio a la tarea de una intensa actividad; preparó una mezcla y había comprado varios cientos de ladrillos de barro cocido, piedra y tezontle, llevó argamasa, materiales y herramientas hasta el interior de su recámara y pese a su avanzada edad y a su escaso conocimiento de albañilería, comenzó a levantar un muro.

Varias semanas después, una carreta entraba a la capital de Nueva España, al peso de la madrugada nadie osaba curiosear; el vehículo de tracción animal se detuvo ante la casa de don Servando y el caballero llamó a la puerta dando tres golpes como señal; el anciano salió a indagar quien llamaba, después con gran sigilo empezaron a descargar la preciada carga de la carreta, que eran nada menos que lingotes de oro y plata, que iba anotando meticulosamente en una libreta. Después de algunas horas de trabajo lograron descargar todos los lingotes del carromato y al poco tiempo fueron obligados a salir de la casa.

Casi al alba, don Servando había logrado meter a su recámara todos los lingotes del metal recibidos la noche anterior y después abría un cuarto secreto, el mismo que construyera en el fondo de su alcoba y en una tercera maniobra los guardaba en un cuarto secreto junto con el resto de lo que ya tenía. Concluido su trabajo, se retiró a dormir vigilando su valioso tesoro.

Al medio día llegó Pelayo, que era su administrador para recibir órdenes de trabajo; después de haber terminado sus labores, por órdenes de su patrón le comentó que muchos mancebos deseaban pedirle en matrimonio a su hija, al escucha tal cosa, el anciano se levantó furioso, como si lo hubieran movido al impulso de un resorte alegando que jamás daría en matrimonio a su hija. Esa noche don Servando tuvo horribles sueños de que sanguinarios piratas lo atacaban para despojarlo de su incalculable tesoro y que uno de esos feroces piratas se robaba a su hija Paz; el anciano despertó de tan tremendo sueño gritando desesperado y tardó tiempo para volver a la realidad y comprobar que todo había sido un mal sueño. El resto de la noche ya no pudo dormir pensando en su hija, en su tesoro y en todo; ya para el amanecer su mente enferma había ideado un plan incestuoso y perverso, en cuanto se levantó mando llamar a sus dos hijos y dijo que para que un aventurero no se hiciera de su fortuna debían casarse entre ambos. Los hermanos quedaron mudos unos momentos, estupefactos, incrédulos ante aquella orden y esta vez Paz rompió el silencio diciendo que eso que planeaba era horrible, después la secundó su hermano tachando de monstruoso ese casamiento.

Don Servando al ver que los muchachos se negaban les dio tres días para “recapacitar”, mientras se cumplía el plazo a cada uno los encerró en su alcoba teniéndolos a pan y agua; si pasado ese tiempo se seguían negando los dejaría morir de hambre.

Estaban por completarse los tres días de castigo a pan y agua de los muchachos, cuando recibió la visita urgente de don Pelayo , su administrador para darle la terrible noticia de que una de las minas se había derrumbado debido a las torrenciales lluvias y amenazaba con inundarse; muchos hombres habían muerto (claro, eso no le importaba a don Servando). Una hora después el viejo cerraba precipitadamente su casa con las más fuertes cerraduras y cadenas que había y sin preocuparle nada más que su querida mina ordenó a su administrador partir en el acto.

El anciano se dedicó en cuerpo y alma a la titánica tarea de despejar la mina de derrumbes y cadáveres sin importarle la lluvia dirigía los trabajos de desagüe del mineral, el cuál duró varios días con la consecuencia de que don Servando cayera gravemente enfermo y ante la imposibilidad de trasladarlo a la capital don Pelayo lo atendió en su casa.

Tres meses después ya aliviado completamente, el anciano regresó a la capital y lo primero que hizo fue corroborar que las cerraduras estuvieran intactas, después fue al cuarto secreto donde guardaba sus lingotes de oro y plata y por último fue a abrir la puerta de cada cuarto de sus hijos; encontró a ambos muertos, descarnados, en una posición de angustia sobre el suelo, los pobres desdichados habían muerto de sed y hambre y las larvas se los habían comido, quedando solo horripilantes despojos y evidencia de una terrible agonía. El cruel avaro, lejos de condolerse por la muerte de sus hijos estalló en risotadas pues así ya no iba a tener que gastar en ellos un centavo; nada había más importante para el viejo que su tesoro, casi perdiendo el juicio colocó los esqueletos de sus hijos a la mesa y fingía hablar con ellos, convivir. Don Servando era tan miserable que cocía un caldo a base de hueso de jamón que le duraba ¡meses! y lo acompañaba con vino.

Una de las minas aumentaba su producción, así del mismo modo la codicia del anciano y su locura; una noche en vez de recibir ochenta quintales recibió la nada despreciable cantidad de doscientos once, mucho más oro que nunca la pila del preciado metal iba en aumento.

Un día de pronto la casa quedó en silencio, pasaron los meses y don Pelayo temiendo una desgracia fue a buscar la ayuda de la justicia; llegaron al lugar llamando a la puerta sin obtener respuesta, entonces todos entraron respirando una aire tétrico a humedad y abandono y de pronto los soldados hicieron el macabro descubrimiento de los muchachos muertos sentados a la mesa. A los despojos se les dio sepultura, pero de don Servando nunca se supo nada, pasaron los años y la casa se convirtió en ruinas.

En la segunda mitad del siglo XVII se funda el mayorazgo de los Cortina y esta familia compra la casona; en 1725 doña María Ana de Gómez de la Cortina hereda el condado de su apellido y casa con primo Vicente y aunque son dueños de inmensa fortuna y el mayorazgo, un golpe de suerte los hace todavía todavía más ricos, pues al derribar la puerta secreta hallan la fabulosa fortuna y el esqueleto de don Servando, que murió sepultado por su querido oro.

Esto es lo que sucedió en esta casa, que hoy podemos ver con el número 92 de las calles de Uruguay y hasta la fecha se le conoce como Palacio de los Condes de la Cortina y de la macabra leyenda no queda sino el terror y un amargo recuerdo.

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Leyendas coloniales presenta: La hija de la Llorona.

En polvosos y carcomidos documentos se han encontrado nuevos ángulos sobre el espectro aterrador que sembró pavor y muerte entre los habitantes de la Nueva España. ¿Quién fue realmente esta mujer?

Fray Bernardino de Sahagún nos habla de la Llorona, identificándola como la diosa Cihuacóatl, la cual se trataron espectro aterrador que en noches de luna aparece voceando y bramando en el aire de la ciudad de ídolos y sangre lo siguiente: “¡Aaaaaaaaaay! ¡Mis hijos!”; le dijeron entonces al emperador Moctezuma, que este espanto era uno de los más trágicos augurios. Después sobrevino la conquista y Hernán Cortes destrozó con sus huestes codiciosas la magnífica ciudad imperial, los indios fueron esclavizados, el oro y riquezas robados; pero la Llorona continuó apareciendo en su misma espantable figura, y su llanto penetrante agudo.

Pasaron nuevamente los años, y no creyendo los hispanos en augurios aztecas, dijeron que el fantasma era doña Marina que lloraba por haber traicionado a su gente. Y pasan años, años y más años, la colonia instalada siente de nuevo el pavor de este espectro, ojos aterrorizados la ven flotando en la plaza principal de la Nueva España; y con el corazón dándoles vuelcos y las manos crispadas contra el pomo de sus espadas, la ven arrodillarse, y entonces no falta quien armándose de valor se fije en sus macabras fracciones, y diga: “¡Es esa mujer!”. Se decía que el alma en pena lloraba a sus hijos y que iba a pedir perdón por la culpa tan grande que traía.

Así, durante 20 años la colonia cargo con el fantasma bautizado como “La Llorona”, sin que esto fuera obstáculo para que valientes enamorados acudieran a la ventana de la amada, como el caso de don Melchor de Gómez, quien noche a noche acudía a la ventana de su prometida Luisa, un suspiro, un beso que se queda mudo en los labios y el aroma de una flor cercana en la noche enlunada, despiden al amado; acto seguido Luisa cierra el balcón de su casa, y cuando escucha que los pasos de don Melchor se han apagado corre así el interior para ver con ilusión el vestido que usará el día de su boda. Feliz, con 1000 palomas de ilusión revoloteando en su linda cabecita, la joven se prueba el vestido de novia que ha enviado su amado, y esa misma noche después de muchos años decide entrar en la alcoba que alguna vez ocupó su señora madre, pero al entrar y ver aquello tal y como quedara sin saber ella porque, sintió un extraño presentimiento de que algo trágico había ocurrido entre esas cuatro paredes. En ese momento descubre entonces de joyero sobre el tocador, entonces el loable para ver su contenido y decide probarse las joyas, que como era costumbre en aquella época, la hija debió usar las joyas de su madre. Levanta la tapa del joyero y una cascada de luces brota de allí, hay perlas y diamantes y otras piedras preciosas, Luisa se lleva el cuello dos collares de brillantes y perlas engarzadas en oro de fina filigrana, pero al hacer contacto aquellas joyas con su piel blanca y tibia, ocurre algo terrible: ¡se ve reflejada en el espejo como un esqueleto! Aterrorizada por esa visión macabra, arroja las alhajas lejos de sí y sal gritando de allí como loca, entonces su sirvienta Tadea acude rápidamente en su auxilio para enterarse de lo sucedido, y con palabras reconfortantes la acompaña su alcoba con todo y joyero.

La luna entra por la ventana arrastrando en su luz argentada rumores lejanos de la ciudad lacustre, y no había transcurrido ni media hora desde que Luisa se había ido a dormir, cuando despierta sobresaltada al escuchar unos gemidos provenientes del joyero, y asustada pero a la vez curiosa exige que aquella presencia se manifieste, y como si hubiese aguardado solamente ese mandato, un plasma flota, una figura horrible, que era nada menos que era su madre, La Llorona. El espectro le advierte que no debe casarse con su pretendiente porque sino heredaría la maldición, y sin decir nada más sale por la ventana lanzando gemidos lastimeros.

Luisa le exige a Tadea que le diga porque es la hija de aquel ser espantable, entonces dócil y sumisa, la señora obedece la orden de su ama, y entre lloros y frases cortadas le hace su tétrico relato: “Aquella noche en que vuestra madre os apuñaló, siendo vos la más pequeña, creyó que estabais muerta, aquella noche horrible mientras la turba enardecida perseguía vuestra madre, os salvé, y os llevé a casa de mi madre que era curandera, y desde entonces cuidó de vos y de vuestra fortuna, ya que muerto vuestro padre la reclame para vos”.

Sin hacer caso de las advertencias de Tadea decide contraer matrimonio. Veinticinco años de espera de una maldición y veinte que Luisa estaba deseosa de un afecto, hicieron posible la boda en donde lució aquellas joyas que tenían la maldición de la Llorona y a cuyo contacto y ante un espejo obraban de forma diabólica, la sirvienta tampoco lo sabía, pero ese día al salir la pareja del templo pareció presentir aquello. Esa noche, después de la fiesta de bodas la pareja se retiró a su alcoba, había luna llena y misterio en el ambiente colonial; como atraída por un extraño flujo, la joven se ve precisado a sentarse ante el espejo, y entonces como si al tocar las joyas se pusieran en libertad fuerzas demoniacas, ocurre aquello: sin escuchar la voz del amado, como convertida en una fiera la transfigurada Luisa se arroja sobre Melchor de Gómez.

La impresión, el susto y la pena causan la muerte del marido, por fin Luisa saciar su furia infernal dirigida por un alma maldita. Al día siguiente de un amigo íntimo de Melchor de hacer el terrible descubrimiento. No tarda en tomar conocimiento la justicia, que en vano buscó a doña Luisa para que explique la muerte del esposo, para simplificar las cosas la muerte de aquel hombre se han o a motivos puramente pasionales, para cubrir el expediente [guaso y buscaron afanosamente a la mujer sin hallarla por ninguna parte. Nadie sabía que la fiel Tadea se la había llevado a la casa de sus mayores, en donde la encerró en un calabozo oscuro, desde donde no pueden escucharse en el exterior sus aullidos lastimeros, pero por las noches fuerzas sobrenaturales las sacaban de su celda el empujaban a la calle ¡las mismas noches de luna!

Cuentan las viejas crónicas que al filo de la medianoche, escuchaban por san Pablo lanzar un grito angustioso, y que al mismo tiempo causaba pavura con sus gritos y horrísona presencia allá por la Acordada. ¿Qué explicación sería entonces a esto? Ninguna, porque todos los habitantes de la Nueva España creían que era la misma espectral mujer vagando. Sin embargo, vistas las cosas a la fría realidad del siglo XXI, podemos asegurar que madre e hija vagaban por su cuenta, y por eso la veían a un mismo tiempo en lugares tan distantes uno del otro.

Dicen también estos viejos documentos, que llegó a tal grado el terror en la colonia, que el Santo Oficio decidió intervenir, y fueron comisionados para esa misión dos frailes camilos conocidos como ¡los padres de la buena muerte! Uno oidor y un criminal sacado de prisión. Durante varias noches de luna aguardaron valerosos a que la horrible visión apareciera por las calles, hasta que por fin una noche la tuvieron a la vista y decidieron seguirla para saber en qué lugar se escondía o desaparecía, el espectro lanza un grito escalofriante y los perseguidores tiemblan de pavor, pero sobreponen, y la siguen hasta que llega la casa que fuera de los condes de Montes Claros. Ante la casa muchos años clausurada, aguarda la gente aquélla hasta que el sol ilumina con sus rayos a la Nueva España, y tan pronto tienen su arma principal que es la luz del cielo, se precipitan a la casa y hacen que Tadea les abra la puerta; como si fuera la respuesta a sus preguntas, en ese momento se escuchó un alarido y sin hacer caso de las protestas de Tadea bajan al sótano, guiados por los gritos logran encontrar el escondite y sin aguardar más, mientras los frailes la exorcizan el oidor y el criminal procuran atarla prontamente. Mientras resuenan secos y siniestros en los golpes de mazo sobre estaca en el cuerpo de la aprisionada, un grito o libre estalla en los sótanos, mientras la fiel sirvienta llora, el oidor despoja a Luisa de sus joyas, y es el criminal quien señala la realización de aquel fenómeno, pues aquel cuerpo pasó de ser algo aterrador a una mujer joven.

Para que las joyas no volvieran a causar otra desgracia, loca de rabia llorando por no haber descubierto antes el maleficio, Tadea las arroja a un profundo pozo, mientras tanto queda ahí, muerta para siempre la bella Luisa Montes Claros; fiel sirvienta llora desesperadamente a su lado.

Desaparece así una de las Lloronas que nos ha heredado la leyenda, todavía hoy suelen verla por campos y ciudades, pero nadie sabe quién es, ¿quién fue realidad?: ¿Cihuacoatl, doña Malinche, la madre de Luisa? … ¡quien lo sabe!

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Leyendas coloniales presenta: La carta misteriosa (Sucedió en calle de Zuleta, hoy Primera de Venustiano Carranza)

La carta misteriosa

Fotografía tomada por Alejandra McCartney

Corría el año de 1635, las calles se encontraban intransitables debido a una las grandes inundaciones que sufría México en aquella época, capital de Nueva España. El nuevo virrey (marqués de Cadereita) venía a tomar posesión de su cargo, pero debido a las inundaciones tuvo que irse por la calle donde vivía Cristóbal Zuleta.

La familia Zuleta era caritativa y devota a San Francisco. Muy al principio de la construcción del con convento de los franciscanos se mandó hacer una capilla en su interior, para así asegurar los rezos para los miembros de la familia que pasaran a mejor vida.

Años después, el patronato, pasó, por falta de descendencia directa, a una sobrina llamada Ana de Adune y Zuleta, que vivía en España; ella nombró capellán al cura De Silva, pero el sacerdote no pudio venir a la encomienda por falta de permisos; aún con esta situación el convento siguió funcionando, y también la capilla donde ocurrió nuestra leyenda.

Si todavía no sabes bien donde se encuentra este convento, estuvo en unan esquina de San Juan de Letrán, cerca de ésta había una fuente que con el tiempo desapareció, para venirse a instalar comercios y despachos.

Ya saben, el tiempo cambia todo, hasta la capilla de San Antonio, única en México por tener ¡dos pisos!; lo único que queda de ella son trozos de cúpula esmaltada con azulejos, y el “cuento de espantos”, aparecidos y fantasmas. Un fraile franciscano escribió este caso, quedando para la posteridad en papel.

Una noche un lego, encargado de poner aceite a las lámparas, para que el fuego ardiera en honor del Santísima, vio cerca de la flama ya moribunda un brazo y al final de éste una mano que sostenía una carta…

El lego, Lino Jiménez corrió a avisar al Provincial, con gran temor y exaltación de lo que había visto; acto seguido el Provincial hizo sonar las campanas para convocar a los religiosos a una junta urgente, pues el lego juró por su alma que lo había visto era real. En efecto, los frailes comprobaron con sus propios ojos lo que el lego relató, con duda y zozobra rascaron en su conciencia para buscar un motivo de aquel extraño mensaje. Después, bajo ordenes del Provincial, los miembros de la congregación pasaron uno por uno, para solicitar a la mano entregara la carta; pero a todos les negó la carta, moviéndose hacia arriba para no entregarla.

El Provincial intrigado, sacó su lista para ver si faltaba alguien, llamándolos a todos uno por uno, al ausente y por último se percató de que un religioso estaba ausente, y lo mandó traer de inmediato.

Aquel fraile faltante era ciego; poco después llegó acompañado de un lego, que era su lazarillo; una vez que estuvieron en frente de la mano, les entregó la carta y acto seguido desapareció por el muro, detrás de la lámpara del Santísimo. El lego, temblando sacó la carta del sobre y comenzó a leer; el padre provincial exigió información, pero el requerido, aterrado se puso de rodillas, dando gemidos y golpeándose rogó guardar ese secreto, a lo que el Provincial le concedió el “beneficio”. El lego pidió perdón por sus malas acciones a todos los presentes; éste recibió el perdón de todos.

Entonces comunicó que iba a arreglar sus cosas, pues debía hacer un viaje muy largo, por lo que solicitó retirarse, pidiendo a la congregación rezaran por su alma. El Provincial comenzó a entonar el “Miserere”, que es un canto de perdón, todos cayeron en rodillas para formar un coro.

Terminado éste, uno de los frailes se percató de que el lego se hallaba tendido en el piso cerca de unas bancas, cerca de la salida; algunos religiosos se acercaron a el, viéndolo inmóvil y otros, se atrevieron a tocarlo, comprobando con espanto que estaba frío; y cuando el padre Provincial se acercó a tocarlo, solo pudo tomar la ropa entre sus manos.

¡El cuerpo del difunto lego había desaparecido!

Por: Alejandra McCartney mucho más en su blog http://www.leyendascoloniales.blogspot.com/


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