Nuevo año, nueva década … ¿Nuevos aires o seguimos en las mismas?

Los nuevos años y las nuevas décadas (más allá de la discusión posible sobre cuándo se inician) son buenos momentos para establecer propósitos. Y uno muy bueno y con alcance universal tiene que ver con el cuidado del medio ambiente.

A fines del año pasado, del 7 al 18 de diciembre, se llevó a cabo la XV Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático en Copenhague (Dinamarca). Desde 1995, se realizan estas sesiones que si bien logran concientizar a la opinión pública sobre la problemática, no necesariamente impactan, en la medida en que sería necesario, en las decisiones ecológicas de las naciones participantes, especialmente cuando van en contra de los intereses productivos de los denominados países desarrollados (Estados Unidos, por ejemplo, firmó, pero luego dejó sin ratificar el Protocolo de Kioto -de 1997-, proyecto conjunto internacional para reducir la emisión de gases que generan el calentamiento global). Lo mismo parece haber ocurrido, según reclaman los entendidos, también esta vez: se llegó a un acuerdo demasiado vago en objetivos y demasiado amplio en cuanto a plazos para cumplir las metas.

Deforestación, emisión de gases que acentúan el efecto invernadero, uso de los no renovables combustibles fósiles (de donde viene la mayor parte de la energía que usamos hoy: petróleo, gas natural y carbón) son las principales acciones que hacen al cambio climático.

Si seguimos así, se espera que para el año 2100 la temperatura aumente en varios grados (un ascenso que podría llegar a 6º C más). Entre las posibles consecuencias de este calentamiento global están la desaparición de glaciares, la elevación del nivel del mar por el deshielo de los polos y el aumento de la intensidad y frecuencia de fenómenos climatológicos extremos (sequías, lluvias continuas, épocas glaciales, olas gigantes). Todo lo cual implica, por supuesto, la posibilidad de hambrunas, inundaciones permanentes y hasta efectos dañinos sobre la salud humana.

Los daños provocados en el planeta repercuten cada vez más directamente sobre la vida de todos. De hecho, varios de los desastres naturales de los últimos tiempos -algunos de los cuales repasamos en ocasión del rastreo de hechos salientes de la última década-, son atribuidos al efecto de la producción humana en la naturaleza. La dimensión es planetaria: hoy todavía podemos dividirnos en países de distinta clase (desarrollados, subdesarrollados, pobres, en desarrollo), pero el cambio climático pone en riesgo de desastres ecológicos a todas las regiones y todos los seres vivos por igual.

Para detener el proceso en el que ya estamos metidos, se requiere, por supuesto, un cambio global: político (para impulsar nuevas acciones), económico (para sustentarlas) y social, para modificar los hábitos de la población. Concretamente y a nivel personal, haría falta cuidar el medio ambiente con las medidas conocidas (usar productos reciclables, disminuir la utilización de combustibles y aerosoles, cuidar la naturaleza) y emplear energías alternativas, como la eólica, la geotérmica y la solar, en la medida que vayan estando disponibles.

Fuente: librosenred.com

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