Algo que a acompañado a la humanidad desde siempre es la manifestación de sus ideas y emociones por medio de la música…. Ahora nos preguntamos ¿Qué efecto tiene la música en nuestro cerebro?

En el sitio Psiquiatría.com, se ha publicado un estudio mediante el cual se probó la hipótesis de que la música excitante produce un incremento en el estado de ansiedad.

Ya desde los principios de la historia humana se pueden rastrear menciones a que la música afecta el estado de ánimo. Fueron los griegos los primeros en sistematizar el efecto de la música sobre la conducta humana. Decían que podía aliviar a los deprimidos y detener a los violentos. Hoy en día se utiliza para la musicoterapia, en este estudio se intenta probar la viabilidad de esta terapia.

El estudio fue llevado a cabo por Roberto Valderrama Hernández, de la Facultad de psicología BUAP, de México. Para probar su hipótesis, el autor utilizó a 137 sujetos, 31 hombres, y 106 mujeres, con una edad media de 20 años, todos estudiantes de la facultad de psicología.

Para medir cuánto afectaba la música la ansiedad de los sujetos, el autor utilizó el Inventario de ansiedad rasgo-estado (IDARE) de Spielberger. Es test tiene dos escalas, pero el autor sólo utilizó la escala del estado de ansiedad, que consta de 20 afirmaciones que requieren que la persona indiquen cómo se sienten en un punto particular en un momento dado, con un grado de: no, un poco, bastante y mucho.

Y para poder medir que tan introvertidos o extrovertidos resultaban los sujetos se utilizó la escapa 0 del MMPI-R de Hathaway y Mckinley.

Se utilizó música excitadora, o sea una música en un volumen alto, que se caracterice por un ritmo irregular, rápido y marcado, dinámico, no predecible, sin consonancia de armonía, y con decibeles altos. Para ejemplificar con música clásica son los movimientos allegro, andante, vivo, vivase y presto; en música actual es el metal pesado o heavy metal.

Se les hizo escuchar a los sujetos fragmentos de 3 a 5 minutos, con un total del estímulo musical de 47 minutos. Al observar a los sujetos mientras escuchaban Valderrama Hernández se encontró con que estos se mostraban inquietos, cambiaban frecuentemente de posición, jugaban con sus pies y manos.

Luego de analizar los otros estudios, el autor pudo comprobar que la música excitante sí afecta el nivel del estado de ansiedad. La explicación es que al no poder realizar ningún tipo de actividad, como por ejemplo bailar, saltar, o hablar, se provoca un incremento de la energía generada por el sistema nervioso simpático. Eso se traduce en un incremento en el nivel de la excitación, que la persona sentirá como un aumento en la tensión física y psicológica. Esto se interpreta como que la persona siente ansiedad o al menos incomodidad.

Fuente: http://www.ecualinkblog.com


Todo contenido vertido en este sitio es meramente informativo, como una herramienta para poder contribuir a mejorar algunos aspectos y así incrementar tu calidad de vida. Si te interesa ampliar la información del mismo, te sugerimos buscar la ayuda de un experto en el tema o bien en Google.

El contenido de este blog procede de diversas fuentes; en unas ocasiones nos es enviado por nuestros lectores y amigos, y en la mayoría de los casos es obtenido visitando otras páginas de la red. Dado que queremos actuar con el mayor respeto hacia todos y que no pretendemos hacer nuestro el trabajo de los demás, rogamos que en el caso de haber omitido alguna referencia nos sea comunicado para solucionarlo lo antes posible. Gracias.


Código QR para este post

Short Link de este post http://bit.ly/xEr6Ib 

Ahora si, para tuitear se necesitará echarle coco: Empresa austriaca desarrolla sistema para twittear desde el cerebro

 

80b2c.com

Seguro que más de alguno se habrá topado con gente que no piensa antes de twittear. Lamentablemente este desarrollo no tiene la solución para eso, pero sí permitirá que usemos la red social sin las manos, pasando los mensajes directamente desde nuestra cabeza al servicio de internet.

La empresa austriaca Guger Technologies (g.tec) desarrolló una interfaz que permite “escribir” mensajes de texto cortos simplemente observando las letras en una pantalla. El invento podría ser usado por flojos que no quieran usar las manos, pero también por gente que está inmovilizada y sólo puede mover los ojos. Además de twittear, el sistema les podría permitir hablar usando un software de texto a voz.

La tecnología fue demostrada durante la feria CeBIT que se lleva a cabo estos días en Hanover, Alemania. El sistema, llamado intendiX, consiste en un gorro plástico con varios electrodos de encefalograma, un amplificador de ondas cerebrales portátil, y una aplicación de Windows que analiza y decodifica las ondas cerebrales. El amplificador de ondas se puede conectar al PC vía bluetooth.

Normalmente un sistema como este requiere algunas horas de entrenamiento para que el sistema entienda los patrones de ondas cerebrales y pueda identificar las variaciones clave. Sin embargo, intendiX dice que puede conseguir suficientes datos con 10 minutos de uso.

Para enviar un mensaje, el usuario del gorro debe observar las letras que aparecen en un teclado virtual para formar las palabras. El software marca con luz columnas de letras, hasta que el cerebro del usuario reacciona a la columna donde está la letra que necesita. Luego, se ilumina por turnos cada letra, hasta que el cerebro reacciona a la letra que buscaba. Luego esa letra se “escribe”.

Al principio el sistema puede resultar lento, pero con práctica funciona mejor, dicen en g.tec.

Fuente: fayerwayer.com por Cony Sturm (@conysturm en Twitter)


Todo contenido vertido en este sitio es meramente informativo, como una herramienta para poder contribuir a mejorar algunos aspectos y así incrementar tu calidad de vida. Si te interesa ampliar la información del mismo, te sugerimos buscar la ayuda de un experto en el tema o bien en Google.


Código QR de este post

Short Link de este post http://bit.ly/ebHrhK

El cerebro puede estar enamorado por años. De acuerdo con la investigadora Helen Fisher, en algunos casos, quienes están juntos por muchos años presentan la misma actividad en el cerebro que quienes aseguran haberse enamorado hace poco‏

static.howstuffworks.com

El cerebro puede permanecer profundamente enamorado por años, aseguró Helen Fisher, biólogo-atropóloga y experta de la conducta humana y atracción interpersonal.

La investigadora y su grupo de trabajo escaneron los cerebros de varias personas con alrededor de 50 años de edad y que en promedio llevaban 21 años de matrimonio.

“Todos ellos decían estar enamorados, no sólo sentían apego, y en todos ellos pudimos ver que sus cerebros tenían la misma actividad de los que aseguran haberse enamorado perdidamente hace poco”, aseguró.

La única diferencia que arrojó la investigación es que los recién enamorados también tienen activada una zona que produce ansiedad, mientras que los que llevan años amando tienen esa área en calma.

La biólogo-atropóloga agregó que con ello demuestra que el amor y el estar enamorado puede durar con el tiempo, y no más de tres meses o tres años, como algunos estudios aseguran.

“Cuando nos enamoramos, en nuestro cerebro se activa una zona que produce dopamina, un estimulante natural del sistema nervioso que nos hace enfocarnos, mentalizarnos, tener más energía y movilizarnos hacia nuestro objetivo: la persona amada”, explicó.

Dicha actividad es tan evidente que puede verse en un escáner cerebral. El cerebro es tan sensible, que todo lo que hacemos, sentimos o pensamos deja una huella en él.

Por lo anterior, Helen aseguró que sí existe el amor a primera vista. “Así como nos gusta instantáneamente un nuevo sabor de helado, también nos puede deslumbrar una persona, y ello hará funcionar nuestra cabeza”, explicó. Sin embargo, lo importante es lo que viene después.

Objetivo de Cupido

Pero, ¿qué nos hace enamorarnos de una persona y no de otra? Helen sospechaba que la biología nos hace más proclives a unos que a otros, y no estaba tan lejos.

Para encontrar la respuesta, confeccionó un cuestionario que contestaron más de 40 mil personas. “Con esos datos, confirmamos que la gente se divide en lo que yo llamó personalidades: el explorador, el constructor, el director y el administrador”. Cada uno de ellos está definido por las sustancias que generan en mayor cantidad.

El explorador (guiados por la dopamina) gustan de la aventura, es espontáneo, energético, creativo y curioso. “Un buen ejemplo es el Presidente Obama”, dijo Helen. Estas personalidades suelen buscar a sus parecidos.

A los constructores (que generan más serotonina), en cambio, les gusta lo estructurado y convencional, y al mismo tiempo tienen grandes redes y son personas muy sociables. Ellos también tienden a buscar a sus iguales.

Por su parte, directores y administradores se atraen mutuamente. Los primeros son analíticos, directos, confiados y agresivos. Y los segundos son creativos, idealistas sociales y no temen expresar sus emociones. El ejemplo perfecto son Hillary y Bill Clinton, respectivamente.

Pero el “temperamento cerebral” o factor biológico no es el único en la ecuación, las claves culturales también importan. “La gente suele buscar parejas con niveles económicos, de inteligencia y belleza similares”, aclaró Helen. La religión y la política tampoco escapan.

Pero más allá de los ingredientes de esta receta, Helen aseguró que la disposición a encontrar el amor es primordial. “Viví con un hombre maravilloso por 30 años. Nos adorábamos y pasamos el mejor de los tiempos. Murió el año pasado (fui esta mañana a visitarlo a su tumba) y ya estoy preparada para esperar qué viene ahora, y estoy segura de que él estaría encantado con esto”.

Aunque en las distintas culturas alrededor del mundo el amor se exprese de distintas formas, todos los seres humanos sienten amor exactamente de la misma manera.

Fuente: eluniversal.com.mx

Y como cerecita del pastel, de este tema, les dejamos este video de la conferencia “The brian in love” de helen Fisher, en TED, dónde más!


card.ly

Bookmark and Share

Todo contenido vertido en este sitio es meramente informativo, como una herramienta para poder contribuir a mejorar algunos aspectos y así incrementar tu calidad de vida. Si te interesa ampliar la información del mismo, te sugerimos buscar la ayuda de un experto en el tema o bien en los buscadores de Google.

El cerebro también miente. Intenta recordar que desayunaste esta mañana. El lugar donde comiste, la secuencia de pasos que seguiste… Seguro que tienes en mente una imagen de la situación.

images1 El cerebro humano es la estructura más compleja que conocemos. Está formado por cien mil millones de neuronas interconectadas entre sí, que suponen la sede de memorias, sentimientos, percepciones, razonamientos, conciencia y el control de innumerables procesos fisiológicos. Cualquier pretensión de entender por completo su funcionamiento aún desborda a los científicos.

Pero, cuidado: aunque estemos programados para no dudar de la información que nos trasmite el cerebro, no siempre nos podemos fiar de él. En ocasiones también nos engaña. Algunas veces a consecuencia de una lesión —o porque, en el fondo, no es una máquina perfecta—, pero otras nos miente adrede, consciente de que su función última no es reproducir el mundo exactamente como es, sino sobrevivir. Y si considera que para ello debe inventarse recuerdos, o modificarlos, tener alucinaciones e interpretar lo que le dicen los sentidos de la forma que le conviene, nos engaña sin remordimientos.

No se fíe de la memoria

Intente recordarse desayunando esta mañana. El lugar donde comió, la secuencia de pasos que siguió… Seguro que tiene en mente una imagen de la situación. Pero analice esta imagen que «recuerda»: ¿está convencido de que coincide realmente con lo que sus ojos percibieron? ¿Está viendo una imagen global que le incluye realizando dichas acciones? ¿O lo que «recuerda» son primeros planos de la galleta mojándose, la mantequilla o la puerta de la nevera? Si se trata del primer caso —que es lo más probable—, no hay más remedio que aceptar que su cerebro se ha inventado descaradamente esa imagen, porque es imposible que se haya visto a sí mismo dentro de la secuencia, como si fuera una cámara colgada del techo. Y si su cerebro se lo ha imaginado, ¿quién le puede asegurar que así sucedió exactamente?

La idea de la memoria como fiel reflejo de lo sucedido está obsoleta. Somos conscientes de que olvidamos muchas cosas, pero generalmente asumimos que lo que recordamos es correcto. Nada más lejos de la realidad. Muchos de nuestros recuerdos son falsos o han sido modificados con el tiempo, influidos por nuestras vivencias, posteriores relatos de los hechos y, más que nada, por el deseo de que hubieran transcurrido de una forma determinada. Cuando vemos dos personas defendiendo versiones diferentes sobre una misma situación pasada, no es necesariamente que uno mienta, sino que sus memorias les traicionan hasta convencerles de que eso ocurrió como querían que ocurriera.

En Estados Unidos se han empezado a replantear casos legales cuyos veredictos se basaron en el testimonio de testigos oculares. Se ha demostrado que las víctimas, familiares indignados y testigos influenciados —sobre todo en situaciones violentas, de shock o con una carga emocional fuerte— exageran lo ocurrido y dan versiones de la realidad que no coinciden con otras pruebas más fidedignas.

Pero los engaños de la memoria van más lejos. A veces incluso confundimos hechos imaginados con reales. El neurólogo Oliver Sacks explica que cuando era pequeño, durante la II Guerra Mundial, cayeron dos bombas en su jardín. Años más tarde, mientras recordaba las dos explosiones con su hermano mayor, éste le dijo: «Pero tú no viste caer la segunda bomba», a lo que Sacks respondió: «¡Claro que sí! ¡Tengo la imagen grabada en mi mente!». Su hermano replicó: «No. Tú y yo estábamos dentro de casa cuando cayó la segunda bomba. Fue nuestro hermano pequeño el que la vio y vino enseguida a contárnoslo. Recuerdo que a ti te impresionó mucho». Oliver Sacks había reproducido esas imágenes en su cerebro y las guardó como si hubieran sido un hecho real. Lo mismo ocurre con personas que tienen alucinaciones, apariciones de seres o experiencias sobrenaturales. Como dice el neurocientífico Rodolfo Llinás, se activan las mismas áreas cerebrales al imaginar una manzana que al verla, e incluso asegura que algunos fragmentos de sueños se pueden incorporar a nuestra memoria como si fueran recuerdos de la vida real.

Pero hay algo que el cerebro sí se encarga de guardar con cierto rigor: las emociones que acompañan nuestras experiencias. No importa recordar qué comimos en un restaurante determinado —de hecho, lo olvidamos fácilmente—, pero cuando alguien nos pregunta si nos gustó, enseguida recordamos si era mediocre o malo, porque ésa es la información realmente útil para sobrevivir, el detalle específico de lo que comimos es indiferente. Lo mismo pasa con la relaciones personales: tenemos un grato recuerdo de un amigo, sin necesidad de una justificación racional. La brújula que en última instancia guía nuestras vidas y nos conduce a repetir una acción o evitarla es recordar si fue placentera o desagradable. Los humanos somos seres más emocionales que racionales.

Obsesiones cerebrales

Los engaños de los sentidos son quizá los que con menos reparo aceptamos. Todos hemos observado aquellas típicas imágenes de líneas que no parecen paralelas, pero en realidad sí los son, o figuras más o menos oscuras en función del fondo sobre el que estén. Incluso la Luna nos parece más grande y cercana cuando se encuentra en el horizonte, cerca de alguna referencia terrestre, que cuando está perdida en medio del cielo nocturno. Pero más allá de estas ilusiones ópticas, existen disfunciones en la percepción de la realidad mucho más sorprendentes. Una de las más chocantes es la llamada «visión ciega».

La padecen pacientes que, tras una lesión en el cerebro, han perdido una parte de su campo visual. Lo increíble es que si en esa zona se sitúa un objeto o punto de luz y se les fuerza a señalarlo, aunque repliquen que no ven nada, levantan el brazo y aciertan. Sus ojos sí que ven, lo que han perdido es la conciencia de ver.

Otro caso curioso es el síndrome de Capgras, en el que se rompen las conexiones entre el córtex visual y la zona del cerebro responsable de las emociones. Los afectados no pueden asociar emociones a imágenes y, por ejemplo, cuando se les muestra a sus padres los niegan y aseguran que se trata de impostores. Al no experimentar ninguna sensación de apego hacia ellos, deducen que se trata de otras personas físicamente muy parecidas.

La anasognosia es otra enfermedad todavía más pasmosa, ya que la negación se efectúa sobre uno mismo. Son pacientes que sufren una parálisis, pero durante un tiempo no la reconocen como tal. Son capaces de estar inválidos y asegurar que pueden caminar. O tener un brazo paralizado y negarlo. Si se les pide que hagan el nudo de su corbata, lo intentarán sin éxito, pero creyendo que están utilizando las dos manos. En realidad no están intentado engañarnos, es su propio cerebro el que les engaña a ellos.

Parecen casos absurdos, pero son reales y contrastados por muchos neurólogos. Quizás el que ha descrito estos trastornos de forma más divulgativa sea Oliver Sacks en su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Allí describe cómo un paciente, después de un accidente, se cayó de la cama al intentar tirar su propia pierna porque estaba plenamente convencido de que no era suya. O el caso que da título a su libro: se trataba de otro paciente que percibía correctamente las formas, colores, texturas, pero no era capaz de relacionarlos en conjunto para darles un sentido global. Confundía objetos con formas parecidas, hasta que un día, justamente al salir de la consulta del médico, llegó a coger a su mujer de la cabeza confundiéndola con un sombrero.

Todos estos inverosímiles trastornos, lesiones y engaños cerebrales son para los neurólogos una  herramienta muy útil con la que intentar ahondar en el conocimiento del cerebro, entender sus funciones y descifrar su naturaleza. Una tarea con un profundo impacto que se escapa del campo de la ciencia y penetra en el de las humanidades y filosofía. Llevamos miles de años haciéndonos preguntas sobre la mente humana, el origen de la conciencia, el libre albedrío, pero es desde hace poco que los neurocientíficos puede contribuir con sus investigaciones a abordar las respuestas.

Fuente: http://www.algarabia.com