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Leyendas Coloniales: Promesa cumplida

Pedro Arias era del Burgo de Osma; hombre de buenos bigotes, pero con la cabecita rellena de puro aire. Desde joven se podía apreciar su escaso cerebro, siendo siempre de cascos cerrados, no le entraba ninguna idea, y de su boca solo salían puros desatinos.

La gente contaba que cuando este hombre era bebe, su madre le dio con bastante fuerza en la cabeza con una llave de hierro de dos cuartas, la cual lo dejó para que en su cabecita no entrara nada de razón. Lo mandaron a la escuela y a duras penas le entraron las letras, poquísima doctrina, y números todavía menos.

Era tan bronco, que su bruta simplicidad y habilidades no superaban a las de un caballo; y a pesar de todo esto, el hombre se fue a estudiar a Salamanca, pero su ingenio tan confuso, dio como resultado que acabara saliendo tal como entró, sin saber nada; bien dice el dicho: “Lo que natura no da, Salamanca con empresta”. De posición acomodada, siempre vestía elegantemente, pero de nada le servía traer un empaque muy bonito, si el interior ya estaba defectuoso.

Total que sus padres murieron, quedando solo en el mundo; su vieja casa abolenga, las tierras paniegas, un molino triguero, el extenso olivar con su almazara, sus merinas, todas estas cosas y hasta los muebles pasaron a manos de acreedores y de cicateros prestamistas, quedando el pobre Pedro en la calle. Aunque su cerebro no le ayudaba en mucho, sus entendederas alcanzaban para que supiera que en los países de América había más oportunidades, y en ellos puso todo su anhelo y hacia Nueva España se embarcó, pues creía que en aquellas tierras se hacía fortuna con facilidad.

Una vez que llegó pensó que obtener riqueza era con solo escarbar o dar dos pasitos, y ya ahí estaba; por este pensamiento tan equivocado que tenía, iba y venía de fracaso en fracaso, sin embargo el inocente no perdía la esperanza como otros tantos que venían a hacerse ricos, hasta que ya después de mucho tiempo se daban cuenta de su realidad.

Pedro con tristeza veía que cuando iba a cambiar sus piedras que recolectaba, por una buena cantidad de dinero, le bajaban el ánimo al decirle que sus pedruscos carecían de valor alguno, y a pesar de sus fracasos, todos los días se trepaba a todos los cerros existentes para recoger rocas, que él creía firmemente escondían en sus entrañas oro o plata, cuya presencia le avisaba el fulgente brillo exterior que echaba reflejos.

Cada vez se aferraba más a la idea de que en México los metales preciosos abundaban, a pesar de que siempre le rechazaban los guijarros que encontraba, pero eso en vez de desilusionarlo, hizo que se le metiera en la cabeza que las piedras que guardaba en su casa tenían gran valor, y si recolectaba más con el tiempo tendría una gran fortuna. Lleno de felicidad y optimismo, un día se armó de un zapapico y una pala para ir a cavar en todos los montes cercanos, para encontrar en poco tiempo la fabulosa mina con la que soñaba tanto su cándida alma. Parecía poseído por Xipe, el demonio de las minas de los antiguos mexicanos, que daba la locura a sus devotos para que estuvieran escarbando y escarbando la tierra sin descanso. Al ver Pedrito que no encontraba el tesoro de sus sueños, poco a poco se le fueron cayendo las alitas del corazón, andaba desconsolado y sin gusto, con sus pensamientos entre tinieblas y sombras.

En la iglesia del convento de San Fernando existía un crucifijo de gran tamaño en un colateral dorado, de complicaciones fastuosas; el vulgo decía que esta imagen era muy milagrosa cuando se le pedía un favor desde lo más profundo del corazón, nada negaba este Cristo a quien le invocara con fe. Gran cantidad de gente siempre había ante el elevando oraciones, implorándole y contándole sus cuitas, entre los que se encontraba frecuentemente a Pedro Arias. El pobre hombre se arrodillaba ante la imagen, pasándose horas, horas y más horas en su ensimismamiento, todos los ahí presentes siempre sentían una enorme lástima por él. Su gesto lleno de optimismo, ahora se encontraba lleno de profunda pena.

Una tarde había en San Fernando mucha gente, debido a que se le estaban dando gracias al Cristo milagroso; de pronto Pedro hace su aparición entre el gentío, abriéndose paso a codo y a hombro, pero a diferencia de las demás ocasiones en que asistía a rezar el pobre inocente, ahora se presentaba con la cabeza cubierta de sangre, la cual le escurría por el cuello hasta caerle por toda su ropita. La gente lo miraba atónita mientras el encaminaba sus pasos hacia el altar, y cuando hubo llegado empuño un garrote y asestó un certero porrazo al milagroso Cristo, después le planto otro más formidable. Con el primer golpe la imagen se partió en la cintura, y con el segundo, la rajó como si le hubiera dado con una filosa hacha; con esto la mitad del cuerpo giró sobre el clavo de los pies y cayó con un fuerte estruendo sobre el altar.

Los ahí presentes estallaron en santa ira al ver tal acción sacrílega, y acto seguido agarraron a Pedro hasta quedar bien acogotado. El interior de la iglesia se había un vuelto todo un caos, mientras al pobre tontito lo llevaron primero a la cárcel de la Corte, y de ahí a la tan temida Inquisición; el vulgo exigía contra él un castigo ejemplar, el cuál era que le partieran el cuerpo en dos, otros más querían que se le hiciera lo mismo que al Cristo.

Después se supo los motivos que orillaron a Pedro a cometer tal sacrilegio, quien dijo en su declaración que ya cansado de tantos fracasos, fue a pedirle ayuda a la imagen de Nuestro Señor Crucificado, ofreciéndole la mitad de lo que le diesen por tres sacos de piedras que él creía que eran de oro de la mejor calidad y plata pura; fue a ofrecer su valioso tesoro como tantas veces lo había hecho, pero esta vez con un comerciante español de Calahorra, quien tenía una tienda en la calle de los Alguaciles Mayores, y este hombre de mal genio todo el tiempo, al ver aquellas piedras carentes de valor, estalló en cólera, y acto seguido tomó un garrote con el que le asestó cuatro golpes en la cabeza a Pedro, los cuáles fueron con la suficiente fuerza para matarlo, pero solo lograron descalabrarlo. Como el pobre mentecato había prometido la mitad de lo que le diesen, el sin faltar a su palabra le dio dos golpes a la santa imagen. Eso fue lo que consiguió el Cristo; eso fue lo que le dio. El Cristo sabría porque logró para el esos formidables trancazos. ¡Ganas que tendría de la mitad!, pensaba el bárbaro Pedro Arias. ¿No se dice que hay gustos que merecen palos?

Por: Alejandra McCartney … mucho más en su blog http://www.leyendascoloniales.blogspot.com/

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