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Leyendas Coloniales: La manta de Juan Diego

¿Qué milagro encierra tu imagen grabada en la manta de Juan Diego? ¿Fueron tus celestiales manos las que bordaron la celestial efigie como prueba de la verdad de tu aparición al humilde indio convertido a la fe? ¿O fueron los ángeles los que, prendados de tu bondad y misericordia, quisieron que los hombres se recreasen en tu contemplación y tuviesen una visión de tu presencia para que acudiesen a ti en busca de paz consuelo? Sea cual fuere la causa oigamos el relato de la maravillosa aparición.

Diez años habían transcurrido desde que la antigua ciudad azteca fue conquistada y sobre sus ruinas se empezó a edificar la que española ciudad de México. Diez años en que la labor de los conquistadores guerreros se unía la no menos gloriosa conquista de tantos miles de almas que permanecían en la ignorancia de la verdadera fe de Cristo. Miles y miles de personas que desconocían la existencia de María, la Reinas de los Cielos, madre del Redentor.

Un humilde indio llamado Juan Diego, había sido de los primeros que se convirtieron a la fe que predicaban los sacerdotes que acompañaban a los guerreros conquistadores de su tierra, de su México tan querido. ¿Será posible que el Dios que adoraban aquellos hombres fuese tan bondadoso y humilde como decían? ¡Qué diferencia entre los sanguinarios y altivos dioses de sus antepasados que a él, a Juan Diego, habían enseñado a idolatrar! En su primitiva inteligencia no cabía la idea que con humildad y amor se pudiese conquistar el mundo. Él estaba acostumbrado a ver como los poderosos sojuzgaban y oprimían a los débiles y no acaba de comprender que Jesús, el Cordero Divino como le llamaban los misioneros, pudiese hacerse querer y respetar siendo tan humilde y generoso.

Como todo buen cristiano, el indio cumplía con los deberes que le imponía su nueva fe y cada domingo iba a la capilla de los misioneros y se postraba ante la crucificada imagen del Hijo de Dios, rezando las oraciones que los padres les habían enseñado sin atreverse a levantar los ojos hasta la ensangrentada imagen. Infundíale profundísimo respeto y hasta algo así como remordimiento, pues se consideraba un tanto culpable de su muerte. En cambio, la Madre de Jesús, María, a ella sí que podía mirarla a los ojos y pedirles remedio a sus tribulaciones. La bella Señora sí que sabía consolarle. Los ojos de la Virgencita, con solo mirarlos, llenaban su alma de inefable dicha.

A impulsos de sus pensamientos se habían acelerado los pasos de Juan Diego. De pronto se detuvo como si sus pies hubiesen echado raíces en el suelo. ¿Qué era aquello? Una luz vívida, resplandeciente, inundaba el camino. ¿Se había ocultado el sol y solamente uno de sus rayos alumbraba el mundo? Dirigió una mirada en torno suyo y vio que el astro seguía iluminándolo todo como momentos antes. Entonces, ¿Qué era aquella luz que obscurecía la del mismo sol? Despavorido volvió los ojos… y entonces una dulcísima voz, la misma que tantas veces había oído en sueños, llegó hasta él. Juan Diego cayó de rodillas en medio del camino. La voz decía:

“No temas, Juan Diego. Soy María; la madre de Jesús, que vengo a ti para que seas mensajero de mis deseos.”

Los trémulos labios del indio musitaban:

-María…, la Virgen… ¡Mi Virgencita adorada…!

Lentamente una celestial figura avanzaba hacia él. ¡Era ella, la Señora ante la que tantas veces se había inclinado en la capilla de los misioneros!

La divina voz continuó diciendo:

“Quiero que vayas al palacio del Obispo y le expreses mi voluntad de que aquí, en Guadalupe, se me erija un templo donde podáis venir vosotros a que yo os consuele, quiero ser la patrona de muy amado pueblo mexicano.”

Desvanecióse la aparición y todo volvió a quedar como antes.

Juan Diego hundió el rostro en el polvo, besando las huellas dejadas por los divinos pies mientras de su garganta brotaban sollozos de felicidad…

Cuando Juan Diego se hubo calmado un tanto corrió al palacio del Obispo y le expuso los deseos de la Virgen-

-Padre, creedme –dijo al terminar su relato-, no ha sido un sueño, no. He visto a la Patroncita con mis propios ojos y oído su voz. Creedme, Padre, creedme.

Eran tan sinceras las palabras del pobre indio que el Obispo se sentía inclinado a darlas fe. No obstante, respondió:

-Sí; hijo mío. Creo que es cierto lo que me dices, pues eso y más puede hacer la Señora, pero como comprenderás no está en mi mano tomar una resolución sin más pruebas que tus palabras.

Algo desanimado salió Juan Diego del palacio del prelado. ¿Cómo, Virgencita, obtener las pruebas que convenciesen al Obispo y demás interesados? ¡Ilumíname, Virgencita Guadalupana! Cayó la noche, las horas transcurrían lentamente y el infeliz no podía dormir, torturado por haber fracasado en la misión que le había confiado la Señora.

Al amanecer se echó la manta al hombro y salió al camino, dispuesto a volver al sitio en que se produjo la aparición, al llegar se arrodilló en busca del auxilio de la Virgencita. La misma voz de la víspera se oyó de nuevo:

“Ya sé, Juan Diego, la causa de tu congoja. EL Obispo desea pruebas y vamos a proporcionárselas. Sube a lo alto de aquel cerro, llena tu manta con las flores que allí encontrarás y llévaselas al prelado. Eso le convencerá”.

-¡Oh señora! –respondió muy compungido Juan Diego-. ¿Cómo queréis que hayan flores entre esos pedregales en lo que no puede crecer ni la más ni la más pequeña brizna de hierba?

“Ten fe y obedece Juan Diego.”

El indio, arrastrando la manta, emprendió l ascensión de la empinada cuesta. Sudoroso llegó a la cumbre y, ¡oh, milagro!, vio que entre los riscos habían brotado las más hermosas flores: rosas, nardos, azucenas… Llenó su manta con ellas y volvió al palacio del Obispo.

Ya en presencia del eclesiástico explicó la nueva aparición del Virgen y lo que le había ordenado. Sacó las flores, extendiéndolas por encima de la mesa. El aposento se inundó de fragancia. El Obispo movió tristemente la cabeza. Dijo:

-Muy bellas son estas flores, Juan Diego, pero no son pruebas de lo que dices. Lo siento hijo mío, pero nada puedo hacer.

Dos lágrimas resbalaron por las atezadas mejillas del indio, el cuál cogiendo la manta que había dejado caer al suelo la desplegó para echársela sobre los hombros. ¡Y entonces sí que todos creyeron en el milagro! En el revés de la manta, por la parte que había estado en contacto con las flores, éstas, destilando sus más puras esencias, habían dibujado la silueta de la Virgen María, la que sería Virgencita Guadalupana.

Todos cayeron de rodillas, disipadas sus dudas ante lo que veían sus ojos.

Algún tiempo después ya estaba construido el templo y desde entonces se venera en él la imagen de María Inmaculada, la Virgencita Guadalupana, patrona de todos los mexicanos.

 

Por: Alejandra McCartney … mucho más en su blog http://www.leyendascoloniales.blogspot.com/

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