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Leyendas Coloniales: La Coyota

Siglo XVII, pródigo en sucesos sobrenaturales, tiempo en que florecieron las malas artes, la magia diabólica y la hechicería. La leyenda que vengo a ofrecerles en día de hoy nos relata como una mujer vengativa vendió su alma al demonio, para asegurarse que recibiría castigo en que consideraba como autor de sus desdichas; se aseguraba que esta mujer desencadenó sobre sus descendientes una maldición infernal que aún en la época porfirista subsistía, un estigma terrible para aquella familia Rodríguez de Celis.

¿En qué consistía esta maldición? Cuéntase que todas las mujeres de los Rodríguez de Célis ocasionaban la muerte en sus pretendientes; en efecto, siempre había alguien que embrujado por la soberbia belleza de la chica, la invitaba a bailar para poder tenerla entre sus brazos. Más cuando el galán se sentía profundamente atraído por la muchacha, siempre sucedía lo mismo: era hallado muerto al día siguiente, la mayor parte de las ocasiones por curiosos tempraneros descubrían el cadáver desfigurado y ensangrentado, entre unos matorrales del rumbo de lo que hoy es Tacuba.

Retrocedamos siguiendo las desteñidas letras de antiguos documentos hasta el siglo XVII, y empecemos la leyenda en una casa de la antigua calzada de Tlacopan; antes de ser construida la casona existía otra muy humilde, rodeada de tierras de labor y no muy lejos de ahí un bosque.

En aquellos humildes rumbos vivía don Álvaro, conocido como el hortelano, tenía una lindísima hija llamada Blanca, que le ayudaba al cultivo y exploración de la hortaliza, ella tenía siete años cuando su madre murió, desde entonces su padre su padre se hizo cargo y lo ayudaba a vender.

Llevaba sus verduras hasta la Tlaxpana, en donde no había nadie como ella para regatear y lograr mejor precio a los productos que con tanto afán sacaban, hasta que cierta tarde al volver Blanca a su humilde casa, encontró a su padre enloquecido destruyendo la hortaliza, quien le preguntó alarmada porque hacía tal locura, a lo que su progenitor procede a tomarle la mano para llevarla al interior de la casa; y para estupor de Blanca, don Álvaro le muestra un fabuloso tesoro que encontró muy bien escondido bajo mantas y objetos, que seguramente habrá sido botín de algún conquistador.

Semanas después edificaban una casa enorme numerosos albañiles, y una vez concluida y amueblada con lujo señorial reinó Blanca allí con su belleza; rodeada de sirvientes y vistiendo ropas de brocado y oro, parecía que ese era el marco más adecuado a la soberana belleza de la joven. Más dicen que quien se encuentra un tesoro no vive mucho para disfrutarlo y esa creencia se hizo realidad, pues al escaso año moría don Álvaro, pero eso no quiere decir que su hija se quedara sola de todo, ya que varios galanes comenzaron a cortejarla; y al fin vencida por las ceremoniosas atenciones y apostura de un doncel llamado don Fernando de Girard, la inocente Blanca aceptó, pero era tanta la ansiedad por el matrimonio que demostraba el galán, que la joven comenzó a desconfiar, incluso un día antes de la boda tenía un mal presentimiento que no la dejaba en paz, y aun así no se echó para atrás.

Llegó en el día tan esperado por los novios, asistiendo a tal evento nobles y principales; Blanca no cabía en sí de gusto, pues nunca soñó en que se casaría con tanto esplendor y con alguien de alcurnia; muchos de esos nobles arruinados solo fueron a saborear las ricas viandas nupciales y a beber el buen vino que corrió a raudales, como cierto caballero que también se llamaba Fernando y bebía como un tonel junto con el feliz esposo de Blanca. Mientras bebían felizmente los dos amigos, el recién casado le platicaba de cómo había logrado engañar de la manera más vil a su esposa, fingiéndole amor para una vez estar aposentado en la mansión, hincarle las garras a la fortuna y gastarla en mujeres y vicios; pero mientras platicaban ninguno de ellos se percató de que Blanca escuchaba la conversación, escondida tras un seto. La desposada que iba en busca de su amado, ya no fue ante él, sino que volvió llorosa hasta la casa; después sin que nadie se diera cuenta de su pena, estaba ya bailando con otros caballeros que admitían, que plebeya o no, era bellísima. Ocupada en bailar, Blanca solo pudo ver de vez en cuando a su esposo, más no logró saber con quién había entablado aquel diálogo detrás del seto.

¿Fernando de Girard también había encontrado un tesoro? ¡Indudablemente!, ya que se dio una gran vida con la fortuna incalculable de su esposa. Pasó el tiempo y la joven pareja tuvo una niña muy bella, el disponía en tanto ella cuidaba de la pequeña, de oro y tiempo que malgastaba como por ejemplo, mandándose pintar retratos; más tres días después de descubierta su imagen, este pasó a mejor vida: ¡Los que encuentran un tesoro no viven mucho para gozarlo! Todos creyeron que Fernando había muerto por excesos en el comer y beber, y nadie se ocupó por averiguar la verdadera causa de su fallecimiento, pero decían algunos rumores que había sido envenenado.

Tres días después de los funerales del conde, la gran casa señorial estaba cerrada y Blanca había despedido a todos los sirvientes; pues impulsada por una pasión frenética, cegada por el odio y la venganza vagó por la chinampas y canales de lo que hoy es Nativitas. ¿Qué buscaba la terrible mujer transformada en fiera por el odio? Al fin ya entrada la noche, descubren bajo un sauce llorón una figura impresionante que causaba pavura a propios y extraños; sin aguardar más Blanca salta a tierra, y se dirige a aquella mujer de aspecto desagradable y repulsivo que no era nada menos que una bruja experta en la magia negra. Cuando la joven se disponía a regresar con la hechicera en la trajinera, el indígena que conocía de sobra a la mujer que la acompañaba no aguardó ni por todo el oro del mundo; Blanca preocupada no sabía cómo iban a salir de ahí, pero su acompañante ya tenía la solución, acto seguido hace un ademán y aparece increíblemente estacionado sobre el agua un elegante carruaje, entonces con el pavor y desconfianza mezclados, la muchacha se apoya en la mano fría y helada de aquella mujer fantasmal.

Así, poco antes de la media noche, ambas estaban en la casona señorial de la calzada de Tlacopan, y momentos después hablaban en la sala de la espaciosa mansión ahora sumida en silencio. Blanca le platicaba sobre la venganza que quería hacer en contra de Fernando, el amigo con el que había platicado su marido el día de su boda, y como lo único que sabía de él era su nombre, quería recurrir al rey de los infiernos para poder dar con el culpable de sus desgracias, pero para pedir cualquier favor debía de entregarle su alma, a lo que la mujer aceptó sin pensarlo dos veces.

La noche siguiente, noche de viernes, siniestra y adecuada para llamar a Lucifer, la bruja prepara todo para la infernal ceremonia; tres llamadas le hace al rey de los infiernos y aparece este entre llamas pestíferas combinadas con ruidos subterráneos preguntado para que se le había llamado, entonces Blanca le ofreció si alma a cambio de que le ayudara a encontrar al hombre que la había humillado, pero no la iba ayudar hasta que su alma estuviera lo suficiente condenada para llevarla al Infierno, entonces le pide que haga con ella lo que quiera para así condenarse. Y cuenta la leyenda que el demonio se enamoró de Blanca desde ese momento y que con sus alas cubrió su cuerpo desnudo, mientras sus belfos estampaban el estigma infernal en esas carnes blancas.

Al día siguiente por la tarde del pacto demoniaco de las dos mujeres, el maligno les había dado la instrucción de que debían a atraer al galán en cuestión hacia el bosque, él se encargaría de los demás; en tanto Blanca ya había mandado una carta incitante a un Fernando que no iba a tardar en caer en el trampa, envuelto con aquellas palabras que llevaban el trasfondo de la muerte. Días después; ajeno a la trampa espantosa que sobre su persona se tramaba, llega don Fernando de Avilés, quien fue abordado por la dama con una serie de preguntas del día de la boda, y después de mucho conversar le pide que la espere en el bosque en la orilla de lago, para para ahí el lenguaje fuera más cálido. Más cuando el hombre llega al lugar indicado, parece aguardarles una fiera: ¡una coyota! Acto seguido los gritos del incauto se mezclan con las carcajadas de Blanca; más gritos, risas y rugidos son arrastrados por el viento que canta su letanía de muerte, entonces en ese momento parecen resonar pasos felinos en la hojarasca del bosque, la mujer cree que alguien se acerca y se pone alerta; y cuando tras una fracción de segundos vuelve a mirar al caballero, descubre a la hechicera quien dice que la víctima no era la que estaban buscando, ya que el Maligno le indicó que cuando esto sucediera, al muerto le iba a aparecer una marca de una pezuña en la frente.

Semanas más tarde otro Fernando es inducido por Blanca a acompañarla al bosque, y nuevamente la Coyota ataca al caballero, a quien se le hicieron previamente las mismas preguntas. Al día siguiente dos cazadores estupefactos descubren el cadáver ensangrentado de la víctima; mientras tanto en la casa de la dama, ella y la hechicera comentaban sobre cuándo podría dar con aquel Fernando, pero todo llegaría en el momento indicado.

El tercer Fernando, víctima de la maldad de aquella mujer, solo pudo retrasar su muerte cuando corría tras Blanca en una noche tormentosa, de repente estalla un relámpago y el rayo quema la encina y los sabinos, entre el fragor de la tormenta se escuchan la siniestra carcajada de la mujer; entonces sale de la nada alumbrada por una luz cegadora, una animal infernal de ojos centelleantes y pelambre hirsuto, quien le da cruel muerte a su víctima.

Al día siguiente dos leñadores, que por temor iban armados y además acompañados de un cazador español, hacen el macabro hallazgo de Fernando. A los caballero se les hacía muy extraño que solo aquellos que llevaban dicho nombre, fueran los únicos que aparecieran muertos en el mismo lugar; entonces deciden observar con más detenimiento los alrededores y descubren en el lodo huellas de mujer, evidencia que gracias a la lluvia de la noche había quedado como testigo único de aquel crimen. Como era de esperarse, el testimonio de leñadores y cazador, en el sentido de que había huellas de mujer junto al cadáver, despertó toda clase de comentarios en la colonia, alejando todos ellos las sospechas de que algo infernal acontecía en el bosque y que todos los muertos se llamaran Fernando.

Al fin la tarde del 18 de agosto de 1627, cae la última víctima de la hechicera, Blanca y el Diablo; quien en vida llevó por nombre, don Fernando Ballesteros y Moncada, fiel amigo de su difunto marido. Al fin la venganza de la malvada mujer se había consumado, ahora le tocaba a ella cumplir con su parte del trato, entonces con la ayuda de la bruja fue conducida hacia la acequia en donde una embarcación la esperaba; una vez a bordo una espesa niebla en forma de serpientes infernales que se retuercen, Blanca va al encuentro del rey de las tinieblas para morar con él por la eternidad.

La desaparición de la mujer y la muerte de aquellos hombres, fueron ligados por las autoridades, y el Santo Oficio llegó a la conclusión de que, en base de toda la evidencia recabada en la investigación, la mujer tenía a su servicio de aun bruja, quien le ayudaba a convertirse en fiera para matar a todo hombre que se llamara Fernando. El Santo Oficio ordenó la bendición de la rica casona que abandonada empezó a destruirse; pero aún en el siglo siguiente quedaban ruinas que causaban miedo y pavor.

Y ustedes se preguntarán ¿qué fue de la hija de Blanca? Pues bien, ésta vivió lejos de sus propiedades con un tutor, pero no escapó a que el vulgo le llamara ¡la coyota!, y la mujer guapa y hermosa, era rehuida por la sociedad. Todo aquel caballero que osara fijarse en ella, terminaba igual que los Fernandos, pero los encantos de aquella mujer eran irresistibles para cualquier hombre. ¿Coincidencias? ¿Habladurías? Quien sabe, lo cierto es que un cruel destino persiguió a la hija de Blanca, quien finalmente se casó y tuvo una hija; y por esta hija, nieta de Blanca, se mataron varios galanes y todas las mujeres descendientes de aquella mujer, tuvieron el mismo destino de atraer a la muerte. ¿Esta maldición que pesó sobre ellas fue el terrible castigo que tuvo como consecuencia aquel pacto demoníaco? ¿La maldición ha terminado? Lo ignoramos, pues rastro de la familia Rodríguez de Celis se perdió en la época Porfiriana. ¿Acaso algún terrible drama pasional actual tenga como explicación, que en el participó una descendiente de Blanca? ¿No lo creen así?

Por: Alejandra McCartney … mucho más en su blog http://www.leyendascoloniales.blogspot.com/

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