Leyendas coloniales presenta: El derroche en la época Colonial

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Muchos cronistas nos relatan sobre las enormes sumas de dinero que gastaba la gente en cuanta extravagancia se le ocurriera, llegando al punto de ser casi irreal; pero así como había a quienes le sobraba la riqueza, también como a lo largo de la historia, se encontraba el pueblo que vivía en la miseria.

Se podía encontrar imponentes palacios, enormes fortalezas, enormes patios y largos corredores, todas las comodidades y extravagancias que podamos imaginar; más lejos de la traza de la ciudad habitaban indios en chozas humildísimas con unos cuantos muebles, y a duras penas entraba la familia completa en su humilde morada. Si nos dirigíamos hacia la zona central de la ciudad, se podían encontrar las suntuosas casas de la clase privilegiada, quienes eran los descendistes de conquistadores y encomenderos, y gracias a la enorme riqueza de México habían amasado grandes fortunas en la explotación de minas, los hacendados poseedores de extensísimos terrenos, y los comerciantes protegidos por el monopolio habían también llenado su arcas.

Por el otro lado tenemos a los verdaderos dueños de estas tierras quietadas a la mala durante la conquista, los indios, los negros, los mulatos, los criollos; quienes vivían día a día luchando por sobrevivir, trabajando las minas, cultivando, aprendiendo los nuevos oficios y conservando los antiguos.

La clase noble no se preocupaba de cosas vagas y mundanas, ellos se dedicaban a pasarla bien asistiendo a los torneos, los juegos de cañas y sortijas, los saraos en Palacio, a comprar hermosos caballos, soberbias carrozas, las borlas y los grados universitarios, los más altos cargos en la Secretaría del virreinato, en la Audiencia, en la Real Hacienda y aún en las jerarquías eclesiásticas.

Todos aquellos pobres infelices que tenían que costear estos despilfarros, eran los que cultivaban el campo, extraían los metales de las entrañas de la tierra, levantaban los templos y palacios; tenían que sufrir el maltrato, los perros y el látigo del encomendero, la soberbia del conquistador y las contribuciones.

En la capital de la nueva España, las costumbres y el lujo de la aristocracia, crearon una regla no escrita de cómo se debía comportar la gente en aquella época. Una persona que cumplía al pie de la regla lo que dictaba la sociedad, era don Martín Cortés, segundo marqués del valle, quien una vez hubo llegado de España estableció en una lujosa casa; y para darnos una idea de hasta dónde llegaba su riqueza, les contó lo siguiente: sus partes y servidumbre vestían ricas en librerías, cuando el marqués sale a la calle montado a caballo, siempre se hacía acompañar de una especie de Escudero con celada en la cabeza, y para cerrar con broche de oro cargaba una lanza cubierta con una funda con borlas de seda. El noble caballero también mandó hacer un sello de plata para el despacho de sus negocios, que tuvo un tamaño similar al que empleaba para las provisiones reales: contaba con una pequeña corona y alrededor “Martinus Corteus primus hujus nominis Dux Marchio segundus”. Para asistir a sus deberes religiosos, mandó colocar para él y para su esposa sitiales de terciopelo con almohadas y sillas para que se sentaran cómodamente.

El medio de tanto lujo en riqueza, dignos de un príncipe, este hombre siempre se mostraba frío, reservado y altivo, sintiéndose siempre superior a la demás gente que no pudiera competir con él; pero cuando se trataba de individuos de su misma clase, era muy simpático y afable, buscando siempre en todo momento el trato de la primera autoridad del país, con el entonces virrey don Luis de Velasco. Así como don Martín, hubo muchos otros nobles que no tuvieron reparo en desplegar todo lujo que les fue posible; la gran mayoría tenían sus casas los muebles de las maderas más finas que se puedan imaginar, las más preciosas alfombras y riquísimas vajillas de plata. Pero no sólo en su casa derrochaban a más no poder, pues también ofrecían espléndidas fiestas y eran muy dispendiosos durante las ceremonias públicas; cuando uno de estos personajes se casaban o celebrar algún bautizo, era costumbre colocar barras de plata maciza desde el templo está la habitación del novio, o desde la parroquia hasta la alcoba. Y como modo buen caballero que se preciara, eran dueños de magníficos salones de armas y caballos con los mejores arneses.

Entre los años de 1624 y 1625, un viajero inglés de nombre Tomas Gage, fue testigo del derroche de riqueza de la Nueva España. Este hombre nos cuenta que en aquellos tiempos habían refrán, que decía que sólo se debían ver cuatro cosas: “Las mujeres, los vestidos, los caballos y las calles”; y podría añadirse un quinto elemento más, según nuestro viajero, serían los trenes de la nobleza, ya que eran mucho más espléndidos y costosos que los de la corte de Madrid y de todos los demás reinos de Europa. Tanto hombres como mujeres gastaban fortunas en sus ropas, siendo éstas por lo común de seda, las piedras preciosas y las perlas proliferaban como hongos, así que no era raro ver los sombreros con cordones y hebillas de diamantes, y en las gentes de oficio los cintillo de perlas.

Así era la vida en la época de la colonia, y todos estos hechos son relatados por veraces cronistas, por personas ilustres y Virreyes, quienes a través de sus palabras escritas nos dejaron una vívida imagen de cómo era la vida en aquella época, tanto con su riqueza como con su miseria. El extranjero nos afirma que hasta las esclavas negras traían muy buenas joyas y sus ropas con detalles de oro o de alguna fina tela. Por muy fantástico que pudiera parecer lo que nos cuenta el caballero inglés, todo esto fue real; sólo imagínense por un momento: si las esclavas vestían ropa costosa, ¡cuánto no lo serían los de sus dueños!

Pero estos nobles personajes no solo derrochaban el dinero en trenes, caballos, trajes y fiestas, pues no escatimaban en nada para los regalos a las iglesias y los conventos, y sin mencionar las espléndidas herencias y donaciones pías que tanta gente hizo a nuestra santa madre Iglesia.

Por: Alejandra McCartney mucho más en su blog http://www.leyendascoloniales.blogspot.com/


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