Leyendas coloniales presenta: El libro negro del inquisidor.

inquisidor

leyendascoloniales.blogspot.com

La década comprendida entre 1570 y 1580, fue testigo de muchos acontecimientos trascendentales, como el establecimiento del tribunal de la Inquisición en 1571.

En 1576 tuvo lugar el primer auto de fe; el Santo Oficio había declarado guerra sin cuartel a herejes y judaizantes. Uno de los casos más extraordinarios, por espeluznante y sobrenatural, fue el que tuvo como protagonista al inquisidor fray Alonso de Figueroa y Bermúdez, llegado por el año de 1578. Era rígido, a veces en demasía, su obsesión,acabarcon los brujos, para lo que había hecho concienzudos estudios de libros prohibidos y jeroglíficos cabalísticos. Considerado experto en aquellos menesteres, fue comisionado para un caso especial: se le encomendó la misión de presidir una orden de cateo en la morada de cierto hechicero llamado Bulmaro Álvarez; era un espectáculo sobrecogedor, ver a los inquisidores en procesión cuando se dirigían a la casa de algún acusado. Terminada la procesión llegaron a la casa del hechicero, éste sorprendido abrió la puerta, fue sujetado por dos guardias que acompañaban a los inquisidores en su misión y acto seguido procedieron al cateo volviendo al revés la casa, sin consideración alguna.

Fray Alonso permanecía a la expectativa, y pudo ver como Álvarez palidecía intensamente al observar que uno de los frailes descubría un compartimento secreto en cierto armario; la desesperación de Bulmaro llegó al máximo cuando el inquisidor encontró un pequeño libro negro, similar a un misal.

El pobre hombre empezó a gritar desesperado, implorando que no se llevaran ese libro y advirtiendo de los horrores de éste; sin escuchar los gritos de desesperación de Álvarez, fray Alonso se colocó al frente de la procesión y salió de la casa rezando a gritos el padre nuestro.

Bulmaro Álvarez fue confinado en una oscura y húmeda galera, donde siguió gritando hasta enloquecer a los guardias, entraron su celda y lo golpearon, dejándolo medio inconsciente. Los reclusos de las celdas contiguas a la de Álvarez empezaron a oír poco después de que los guardias salieron a tomar un poco de vino, espantosos alaridos del nuevo preso.

Los celadores, una vez que saciaron su sed, regresaron a su puesto, percibiendo fuerte olor a quemado al acercarse a la celda de Bulmaro Álvarez. Lo que el guardia vio al asomarse al interior de aquella mazmorra le erizó los cabellos, su compañero le preguntó que pasaba, pero no pudo articular palabra, solo señalaba asustadísimo el cerrojo de la puerta y su compañero sacó la llave para abrir; ante sus ojos apreció un espectáculo inusitado: Bulmaro estaba totalmente quemado. Asustados los guardias, pensando que esto era cosa del diablo, fueron a dar aviso a la Inquisición.

Los inquisidores se presentaron poco después en el lugar de los hechos, los guardias los miraban recelosos; fray Alonso justificó los hechos como justicia divina. Dejó el lúgubre recinto ordenando que fuera bendecido y sellado por unos días, sin recordar al parecer las advertencias que le había hecho el hechicero.

El fraile procedió esa noche a examinar los pergaminos y el libro negro encontrado en la casa de Bulmaro Álvarez, recorrió página por página aquel volumen, sin poder entender una palabra de los escritos en esos raros caracteres, y al llegar a la página final, vio el retrato hecho a pluma de un hombre de extraña expresión, en la que destacaba una mirada luminosa y penetrante, no pudo resistir la contemplación de aquella figura y cerró el libro de golpe, perturbado por la imagen decidió rezar unas oraciones para ahuyentar los aires malignos que habían impregnado la celda. Al dejar su mesa para arrodillarse en el oratorio, fray Alonso sintió una presencia extraña a sus espaldas, volteó y lo que vio le hizo pegar un alarido de terror; una figura fantasmal lo miraba con los mismos ojos penetrantes y luminosos del hombre del retrato de la última página del libro. Sin pronunciar palabra, solo sin dejar de verlo, el horrible espectro lo seguía continuamente, mientras fray Alonso buscaba alguna manera de librarse de su horrísima presencia; de nada le sirvió que le mostrara la cruz, la aparición no se desvanecía, y seguro de que era obra de una maleficio del libro, lo acercó a la flama de una vela, pero la llama chisporroteó y se apagó sin haber quemado ni un ápice de aquel volumen infernal. Sintió entonces que el ser espectral que lo acompañaba se estremecía, y al mirarlo, lo vio reír; acto seguido, el fraile metió el libro una caja que contenía sándalo bendito, teniendo la esperanza de que el espectro se esfumara, pero ni cuando el extraño objeto estuvo encerrado en aquella caja, cesó la aparición.

Decidió a librarse para siempre de aquello, salió de la celda y fue en busca del padre superior, quien miró asombrado el aspecto singular que presentaba fray Alonso, sus ojos parecían de un enajenado y daba la impresión de haber envejecido de pronto veinte años; el fraile suplicó al padre se hiciera cargo del objeto para que fuera destruido cuanto antes.

Dejando la cajita sobre la mesa del superior, fray Alonso regresó a la celda, aunque sin haberse librado aún de su fantasmal compañía. El superior prosiguió sus oraciones, y de pronto algo llamó su atención: la cajita de sándalo estaba en llamas y al mismo tiempo un angustioso alarido se escuchó en la celda de fray Alonso. Los inquisidores acudieron a ver lo que pasaba y minutos después llegaron al aposento del padre superior comunicándole que el fraile había muerto. El reverendo, alarmado, se apersonó en la celda del padre Figueroa y lo encontró carbonizado en su camastro, después recordó la cajita de sándalo en llamas, pensando que la pesadilla había terminado para siempre.

El superior dispuso las exequias del infortunado fray Alonso, y regresó a su celda, donde vio algo que lo paralizó de terror: el libro se encontraba intacto, sin rastro alguno de quemaduras. Temblando de miedo lo tomó en sus manos, y sin atreverse a abrirlo salió de la celda con intensiones de destruirlo muy lejos de allí; no había dado arriba de diez pasos fuera del edificio, cuando tropezó con la ronda, pidiéndole arrojase en una acequia lejana aquel siniestro libro. El religioso regresó a la casa, seguro de haber acabado con el maléfico poder del misterioso libro.

El capitán miró y remiró el pequeño volumen, mientras uno de sus hombres le advirtió los horrores ocurridos a causa de éste, su superior le hizo caso omiso guardándolo en uno de sus bolsillos, sin saber que después iba a lamentarlo.

El capitán acabó su jornada de trabajo y se dirigió a su casa; al desvestirse, sus manos palparon el duro objeto que había guardado en el bolsillo, lo hojeó en su totalidad, hasta llegar a la última página, encontrándose con el retrato a pluma del hombre misterioso, no bien cerró el libro, tuvo la sensación de no encontrarse solo en la habitación, se volvió rápidamente y al verse ante el ser infernal que lo acompañaba, dejó escapar un grito. El prodigio se repetía, no hubo manera de que el capitán se librara de la compañía de aquella aparición que no hablaba, pero sonreía malignamente.

Sin haber podido dormir, el militar salió a la calle y fue en busca del dominico que le había dado el libro. El padre superior vio sorprendido llegar al capitán, que empezaba a presentar el mismo aspecto del desdichado fray Alonso; reclamó y pidió al padre le ayudara con ese libro maldito, pues el pobre hombre no quería sufrir el mismo destino que los demás; el religioso le dijo que lo único que podía hacer para no sufrir el mismo fin era que nunca debería separarse de aquel objeto.

El capitán fue a buscar por otra parte alguien que le pudiera ayudar. Consultó a un brujo allá por el barrio de Romita, habitado casi en su totalidad por indígenas y mulatos, pero el “nahual” miró el libro y abrió la primera página, para arrojarlo lejos de si aterrorizado.

El capitán se alejó de ahí y se dice que vagó desde entonces por las calles de la cuidad, presentando cada vez un aspecto más extraño y sobrecogedor, siempre acompañado de aquel siniestro libro bajo el brazo, con el temor de sufrir una espantosa muerte.

Un día, hallándose el capitán en una taberna, un apuesto comerciante llamado Don Julián de Villa y Gómez, ávido de aventuras y placer, se acercó al militar con intenciones de divertirse un poco a costa suya. Se acomodó en un asiento contiguo al del capitán, sin disimular una divertida sonrisa al advertir que este trataba de ocultar el libro que descansaba sobre la mesa; como el militar se negaba a contar lo que le atormentaba, Don Julián le invitó a beber. Los vapores del alcohol le soltaron la lengua, haciéndole hablar del libro y la desgracia que los perseguía, el capitán bebió hasta quedar inconsciente. Don Julián aprovechó el momento y se llevó el libro.

Momentos después las manos del capitán se ennegrecieron, acto seguido se despertó lanzando un horrible alarido, mientras un fuego interno parecía consumirlo; todos los presentes miraron petrificados la escena, hasta que los gemidos de aquel hombre se extinguieron.

Don Julián cometió el mismo error que sus antecesores, pero al aparecer el horrendo espectro, que después adoptó la forma de Lucifer, le relató su historia: en vida fue un mortal como cualquier otro, hasta que vendió su alma al diablo a cambio de poseer sus secretos, pero cometió el error de escribirlos, ganándose el castigo de vagar por el mundo para impedir que esa información sea conocida, condenándole a morir si alguna vez desea reconciliarse con Dios.

A partir de ese día Don Julián se dedicó vivir disipadamente, sin recato, para cometer toda clase de horribles pecados: violando doncellas y matando inocentes. En los duelos el siempre salía victorioso. Con el tiempo su rostro empezó a adquirir un aspecto extraño y sobrecogedor.

Pero cierto día su destino daría un giro repentino. Su corazón quedó prendado de una virtuosa y hermosa joven, trato de cortejarla, pero sus esfuerzos eran en vano. Si no podía tener aquella hermosa doncella por su voluntad, la tendría por la fuerza.

Don Julián montó guardia permanente cerca de ella, hasta que se le presentó la oportunidad: como ave de rapiña, se lanzó sobre ella, matando a la criada que le acompañaba. Se llevó en sus brazos a la aterrorizada doncella, si poder gritar por el susto; de repente ocurrió algo extraordinario: el hombre dejó caer a su presa y acto seguido lanzó un sobrecogedor alarido, sus manos se ennegrecieron y sufrió el mismo destino del capitán.

Según cuenta la crónica, consignada en los archivos de la Inquisición, al parecer unos ladrones habían entrado en la casa de Don Julián y hurtaron el libro.

Las autoridades eclesiásticas mandaron pregonar la historia del libro, exhortando al que lo había hurtado, que lo devolviese para evitarse males mayores, pero nadie acudió al llamado, ignorándose el paradero del libro. ¿Habría sido destruido al fin y el maléfico habrá cesado?, ó quizá aún anda de mano en mano con su siniestro espectro, acosando al que lo posee. No está por demás advertir que, si llegas a ver algún día un libro como ese, ¡no lo abras!, puede ser el del inquisidor fray Alonso de Figueroa.

Por: Alejandra McCartney mucho más en su blog http://www.leyendascoloniales.blogspot.com/


Todo contenido vertido en este sitio es meramente informativo, como una herramienta para poder contribuir a mejorar algunos aspectos y así incrementar tu calidad de vida. Si te interesa ampliar la información del mismo, te sugerimos buscar la ayuda de un experto en el tema o bien en Google.

El contenido de este blog procede de diversas fuentes; en unas ocasiones nos es enviado por nuestros lectores y amigos, y en la mayoría de los casos es obtenido visitando otras páginas de la red. Dado que queremos actuar con el mayor respeto hacia todos y que no pretendemos hacer nuestro el trabajo de los demás, rogamos que en el caso de haber omitido alguna referencia nos sea comunicado para solucionarlo lo antes posible. Gracias.



Código QR para este post

Short Link de este post http://bit.ly/IGXkPy 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s