Sie7e pecados capitales. Sie7e virtudes. La gula

wikimedia.org

“Y pon cuchillo a tu garganta si tienes gran apetito”. (Pr. 23,2)

¿Hasta dónde podemos ser capaces de tener un autocontrol?; ¿estamos seguros de ese dominio en nosotros mismos? Esta dupla de interrogantes nos las hemos planteado o nos las han hecho en diversas ocasiones ¿Qué es lo que respondemos?; si argüimos dichas preguntas, éstas tendrían una decena de réplicas.

“Estaba haciendo cuentas de cuándo fue: 1998, la etapa digamos más crítica de mi estado físico y emocional; sin rodear mucho el asunto, pesaba en ese entonces 48 kilos, siendo que mi estatura es de 1.72 (metros). Bastaron diez meses para perder poco más de 15 kilos; un par de años atrás, me había librado al menos de 8 de los setenta y tantos que tenía. El motivo que me instó fue -después de analizarlo y que a pesar de estar consciente de cuál era, sólo que estaba bloqueado y no lo aceptaba- por una persona a la cual conocía desde la primaria y que una década después volví a encontrar. Antes de topármelo de nuevo, yo me sentía bien aunque estuviera obeso y sobre todo que no era objeto de críticas.

”El detonante, reitero, fue cuando aparece este chico y desencadenó una serie de conflictos que no supe cómo manejarlos, pues sólo sentía esa atracción hacia él y buscaba la manera a toda costa de volver a tener un acercamiento… y así sucedió, sólo medía la cantidad de comida y poco a poco la ropa era más holgada. Llegó el fin de cursos y tenía menos peso mas no a la persona que anhelaba. Pasó aproximadamente un año y ya estaba en ese entonces trabajando. En ese lugar, todos éramos prácticamente de la misma edad, jóvenes, con ganas de divertirnos y sueños; el mío era ascender de puesto y tener dinero para salir cada fin de semana a divertirme. Todo marchaba bien sólo que existía algo que me tenía incompleto, buscaba algo que no encontraba y era precisamente una compañía; eran demasiados mis temores como para abrirme y aceptar mi orientaron tal cual. ¡Claro!, en mi trabajo mis compañeros notaban mi preferencia y de alguna manera me lo insinuaban y otros nada más observaban… pero nadie decía nada.

”La bomba estalló: viendo una película, me di cuenta que los personajes especialmente las mujeres, eran de cuerpos muy finos, que todo se regía bajo un estándar, la delgadez; ‘¡Yo quiero estar así!’; pensaba y planeaba la forma cómo lograrlo. Ayunos, mal pasadas, comidas saltadas; omitía las cenas, bajaba de peso, más ayunos, cero comidas, bajaba de peso; tomaba sólo líquidos, cero alimentos, bajaba de peso… y de repente… ¡era otro! ‘¡Wow, estás delgadísimo!’ ‘¡Qué bien luces!’ ‘Conseguiste lo que querías’. ¿Sabes algo?, logré mi sueño, supe despreciarme a mí mismo porque no estaba satisfecho, estaba literalmente vacío y solo… era como la nada, cero grasa, cero amigos cero compañías… y especialmente, ¡vacío, vacío, vacío! …Lo afectivo, no se asomaba por alguna parte.

”Como castigo, ¡¡¡tenía que bajar más!!! ‘¡Cuarenta kilos!’, era la meta; ¡a rajatabla! Aún no me explico cómo la cañería del excusado jamás se tapó por infinidad de veces que me vomitaba y no por lo que ingería sino por los ácidos que se hacen literalmente piedra junto con lo que “sacas”. Para ese momento, no había en mi mente desde que despertaba, esa, esa, vocecita por así decirlo –aunque en verdad no hay voz alguna porque eres tú mismo quien lo determina-, que me mantenía vigilado para no comer. Sólo me permitía probar un pan dulce y un café; el resto del día lo compensaba con litros y litros de agua. Los días de mis descansos eran terribles para mí y a la vez placenteros porque me autorizaba comer lo que deseara, puras porquerías, y me flagelaba una vez que terminaba y vomitaba. A diario, me veía frente al espejo y me contaba las vértebras de la columna; con orgullo y con rechazo tocaba mis brazos jalando lo único que me quedaba, los pellejos. ¡Ironías!, me ponía de perfil y me encorvaba a más no poder para “sacar” el vientre y darme cuenta que era un gordo asqueroso.

”Personas especializadas en el tema, cuentan que los pacientes se ven gordos frente al espejo e incluso hacen la representación del individuo extremadamente delgado mirándose, y lo que tienen enfrente es a una persona con kilos de más. Eso no es cierto, todo el tiempo me veía delgado, siempre; el espejo me mostraba tal cual, sólo que no lo aceptaba. Allí no había nadie más que el espejo y yo; no había lugar para algo más, es decir, alucinaciones de una persona gorda.

”Dentro de todo este torbellino negro, siempre está una luz que no se percibe de momento, y esa luz la puedes llamar, una fuerza, un ser, un algo que está dentro de ti y que es el guerrero para ayudarte a salir adelante pero que está atrapado por una mente obsesionada en una imagen. ¡Ahhh!… por fortuna, jamás fui hospitalizado, nunca tuve un desmayo, no recurrí a laxantes salvo esas crisis de ansiedad. Todo mundo murmuraba: ‘El anoréxico’; ‘…¡ay, mira!, un hombre con anorexia’. ‘Dicen que tiene Sida…’ Anoréxico y homosexual… el dúo perfecto; un par de estúpidos estereotipos sumados a mi condición. Después de todo, a mí simplemente me importaba un sorbete pues era feliz a mi modo. Mis padres, claro que estaban preocupados especialmente mi mamá, aunque no entendían el porqué pero sabían que algo andaba mal.

”Algo que sí fue digamos lo más grave, es que una vez mi papá me llevó con una persona para que me pusieran un suero y me enteré hasta ese momento que llegamos al lugar; mi reacción fue muy violenta sobre todo porque jamás le había alzado la voz a él, y después de renegar y mirarlo de una forma muy fea, me bajé del coche y azoté la puerta. Nunca volvió a intervenir. Esa fuerza en mí, luchaba y no se daba por vencida para hacerme ver de una forma u otra que estaba equivocado y puso a una persona en mi camino para que me ayudara. En ese entonces, ya no estaba trabajando pues el ascenso no se concretó, y desilusionado renuncié, ocasionando una depresión más fuerte porque estaba tooodo el día en casa.

”Una persona que trabaja con energías y por medio de limpias, ‘sanó’ la situación diciendo que era una especie de espíritu que no me correspondía y estaba ocasionando dicho problema. Hasta ese momento fue lo más acertado, pero en realidad, no había dicho ente, porque era yo y nadie más, quien me mantenía en ese estado. Comencé a tomar conciencia de que con ese peso nadie me iba contratar y tenía que aumentar mi masa corporal. Ahora la cuenta iba en ascenso: uno, tres, cinco, siete kilos arriba. Atrás quedaban ese ‘viejo amor platónico’, esas escuálidas imágenes de actrices de cine, esos tontos sueños de ser modelo; incluso volví a sentir esa necesidad física de masturbarme pues en la etapa crítica había perdido hasta ese sentido porque nada me excitaba, por tanto, tampoco figuraba un interés en un hombre. Debo decirte que en ese entonces a mis 20 años ni siquiera había experimentado una relación sexual. Mi único apetito era el de no comer; hambre de una delgadez. ¡Hambre-hambre-hambre! Morirme de hambre.

”Conforme pasaron los años, mantenía un determinado peso y ya no tuve esa necesidad de buscar la báscula que era como mi escapulario; seguí mi vida normal. Trababa dentro de lo posible, conservarme en ese peso; y eso sí, siempre estaba al pendiente de programas o reportajes que hablaran del tema. Todo indicaba que lo había controlado (1). Hasta la fecha, ya subí ocho kilos más y me siento muy satisfecho pues a lo largo de estos años, de muchas formas han llegado a mis manos testimonios o cosas que he ido aprendiendo sobre la anorexia que me han ayudado a valorarme como persona y aceptarme tal cual. Ahora sé que no sólo somos una imagen física, somos además una imagen espiritual, seres que podemos darnos amor a nosotros mismos y al resto de las personas. Somos juez y víctima de nosotros mismos, donde automáticamente nos castigamos, nos humillamos, nos sentimos devastados si no sufrimos… viviendo siempre con una venda utópica en nuestros ojos por cada acto que cometemos ya sea bueno o malo, y que no nos permitimos mirar más allá. Aprendí y lo sigo poniendo en práctica, que el sufrimiento nos estorba.

”Me siento afortunado por haber sacado dentro mí esa valentía y coraje para superar esa etapa; por otro, siento tristeza y al mismo tiempo comprensión por quienes sufren este padecimiento y no pueden salir de él. En la mayoría de los casos me he tenido que quedar callado porque no entienden de razones, además que su proceso está mucho más avanzado de lo que fue el mío y la ayuda que requieren es profesional. Lo único que me resta es desear de la mejor manera que esas personas cuenten con la fortaleza suficiente para darse cuenta que no están solas y que basta con que digan: ‘Necesito ayuda’, para que comiencen su recuperación. La ayuda está presente, créeme; en todo momento, sólo deben pedirla y el resto… será más fácil”.

“El tiempo ha pasado y pude lograrlo; sin embargo, tenía miedo de que pudiese despertar nuevamente y me atrapara una vez más…”

Anónimo.

Enero, 2010.

(1) Temperantia, del latín: Gula.

Por: Julián Malagón Ramírez


Todo contenido vertido en este sitio es meramente informativo, como una herramienta para poder contribuir a mejorar algunos aspectos y así incrementar tu calidad de vida. Si te interesa ampliar la información del mismo, te sugerimos buscar la ayuda de un experto en el tema o bien en Google.


Código QR para este post

Short Link de este post http://bit.ly/dXbbpD

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s