La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 6 y última)

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La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 1)

La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 2)

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La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 4)

La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 5)

A principios de marzo terminó el periodo de arraigo y una juez federal dictó la formal prisión a Florence Cassez. La trasladaron al penal de Santa Martha Acatitla. La ubicaron en la celda contigua a La Mata Viejitas. Pocos días después comenzó su juicio. Las páginas que Florence Cassez le dedica a este periodo se pueden seguir leyendo como un alegato, pero también son una ventana al sistema de impartición de justicia, que en México es particularmente opaco. En lugar de los hermosos tribunales de madera a los que nos tiene acostumbrado el cine, el que ella describe es un salón desordenado al que se llega cruzando un túnel repugnante, después de un viaje en camión lleno de reclusas peligrosas. En vez de los jueces rebosantes de dignidad, hay unos secretarios que toman nota de las largas declaraciones. Rara vez el juez está presente en el juicio.

“No sé cómo llego a esa puerta, al final de numerosos pasillos, de escaleras que hay que subir, bajar y subir una vez más, entro a una especie de celda pequeña y la puerta se cierra tras de mí —escribió Florence—. Delante, hay una reja. A la altura de los ojos veo a mi abogado Jorge Ochoa, que está en la parte posterior y me mira llegar tranquilamente. Casi me le echo encima y le grito que una mujer me quiere matar, que amenaza con que va hacer que me trague los dientes, grito y lloro, y me escucho decir: ‘quiero hacer pipí’. Pero me oigo verdaderamente alto. De hecho, hay un micrófono en esa celda y yo grité frente a él que quiero hacer pipí y todo el mundo me escuchó porque así es como funciona, estamos en el tribunal”.

Por aquellos días, Florence estaba muy confundida con respecto de la figura de Israel. La primera audiencia, como muchas otras, fue conjunta. En un tiempo muerto, Israel lloró y le juró que era inocente, aunque lo acusaban de nueve secuestros en total y de la muerte de un hombre. Un día, Ochoa le dijo a Florence que Israel estaba limpio. Otro, que Israel estaba metido hasta el cuello. Al final, Florence dejó de hablar con Israel y los procesos se separaron. Algunas de las pruebas aportadas indicaban que las víctimas habían estado secuestradas en una casa de Xochimilco, la casa de Lupita, la hermana de Israel y de su esposo Alejandro Mejía. La defensa pidió que se citara a Lupita, pero extrañamente la petición fue rechazada.

Otro elemento importante de este juicio fue la tensa relación entre Cassez y Ochoa. En sus memorias, Florence deja ver un cierto rechazo por la falta de convicción de Ochoa, así como por su estilo frío y enredado, aunque fue él quien con su experiencia policial fue encontrando algunas pruebas y quien en la audiencia de Ezequiel lo hizo caer en numerosas contradicciones. Al final probó que la mancha en el dedo de la mano que, según Ezequiel, era la cicatriz que Florence le había dejado cuando quiso inyectarlo, era en realidad una mancha de nacimiento.

Jorge Ochoa investigó a Cristina Ríos. Se encontró con que había unas compras a su nombre hechas en una tienda departamental de la ciudad de México, realizadas en los mismos días en los que se supone que estaba secuestrada. El jefe de seguridad del establecimiento, conocido de Ochoa, encontró los videos donde se veía a Cristina en la tienda. Ochoa dijo que para obtenerlos había que pagar una suma importante de dinero. Los padres de Cassez, que cargaban con los gastos de la defensa, se negaron a hacerlo. Y poco después Florence cambió de abogado. Los videos nunca han sido aportados como pruebas. Cuando vi a Ochoa en un café del sur de la ciudad, me dijo que trataría de recuperarlos, pero que esa y otras pruebas que tenía del asunto Cassez habrían desaparecido, porque la agencia con la que hacía sus investigaciones se resquebrajó en medio de un escándalo de espionaje político.

Así, la defensa de Cassez cayó en los hombros de Horacio García, un abogado que había dejado muy bien impresionada a Charlotte, a quien tampoco le gustaba el estilo de Ochoa. Les parecía más formal, cálido y en definitiva menos propenso a los arreglos extraños.

Casi dos años después, conforme se acercaba el final del proceso, Horacio García respiraba cierto optimismo. Pensaba que la sentencia sería favorable. Habían presentado una buena defensa e incluso pudieron introducir algunas dudas sobre Cristina Ríos, uno de los testigos más importantes. El 8 de febrero de 2006, cuando Cristina recordó 10 meses después de su liberación que durante su cautiverio había sido violada por Israel Vallarta, la juez Olga Ochoa se salió de la sala manifiestamente desesperada.

Los rumores en el penal de Tepepan, a donde Florence había sido trasladada desde hacía más de un año, también eran auspiciosos. La juez había sido muy amable con Charlotte cuando visitaba México. Y gente de la embajada francesa le había dicho a Sébastien que debían ir comprando el boleto de avión, porque tenían información de que Florence sería finalmente liberada.

La tarde del 25 de abril fueron a buscar a Florence a su celda porque tenía una visita jurídica. Bajó a la sala donde se celebraban las reuniones de la dirección del penal. Una persona la esperaba. Le dijo que debía comunicarle su sentencia. El juez la había encontrado plenamente responsable de secuestro. Le impuso una pena de 20 años por cada uno de los tres secuestrados, 96 años en total por el cúmulo de todos sus delitos.

Florence se quedó sin voluntad. Le habló a Horacio García para darle la noticia y luego se fue a su celda, donde ya había hecho maletas. Fue sacando mecánicamente sus cosas, los cuadros, la ropa, el expediente. Pasó la noche con los ojos abiertos, incapaz de llorar o dormir.

A la mañana siguiente habló con Jacques Yves Tapon, un periodista francés que había seguido el caso desde el principio. Le contó de la sentencia y comenzó a hablar de cómo se sentía. Tapon le pidió que esperara, iba a grabar. Florence dijo que deseaba que alguien en Francia abriera su expediente para que se diera cuenta de todas las mentiras que estaban allí, y pidió que el presidente Nicolas Sarkozy interviniera.

Fin del reportaje ¿Qué opinas?

Fuente: gatopardo.com por Guillermo Osorno


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