La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 5)

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La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 4)

Sébastien Cassez fue el primer familiar que se enteró de la detención de su hermana. Estaba en su casa preparando a sus hijos para la escuela cuando sonó el teléfono celular. Un compañero de trabajo le hablaba para decirle que encendiera la televisión. Sébastien habló con sus papás en Francia y luego envió información de prensa por internet. Los padres vieron la foto de Florence y de Israel recién capturados. No leían bien el español, pero lograron traducir la nota y confirmaron que los acusaban de un secuestro. No tenían idea de lo que eso significaba en México y no sintieron necesario tomar el primer avión, pues pensaron era un error judicial que pronto sería aclarado. En todo caso, el consulado les aconsejó encontrar un abogado pronto.

Sébastien acababa de pasar por una demanda en contra de un socio suyo, el empresario Eduardo Margolis, y pidió a su abogado que le recomendara un penalista. Fue así como la familia Cassez entró en comunicación con Jorge Ochoa, quien era un ex policía y parecía el hombre adecuado para enfrentar el asunto. Asimismo, estaba completamente persuadido de la inocencia de Florence porque él había visto por televisión el arresto y le parecía un montaje. Además, Ochoa tenía una historia que contar, una coincidencia tan grande que sonaba casi inverosímil. El 8 de diciembre él y un amigo suyo, el actor Jaime Moreno, manejaban por la carretera vieja a Cuernavaca cuando el auto se calentó y tuvieron que parar a pedir agua, precisamente frente al rancho Las Chinitas. Ochoa se acordaba del nombre porque a la entrada del rancho hay un letrero muy grande. Vio que la puerta de la propiedad estaba entreabierta y se asomó para ver si alguien le podía dar agua en una cubeta. Lo recibió un policía que le dijo que no podían estar allí, que quitaran el coche. Ochoa pudo escuchar que alguien clavaba cosas dentro del rancho.

Trató de ponerse en comunicación con Florence, quien había sido trasladada a una casa de arraigo después del arresto, pero cada vez que iba a verla las autoridades decían que Florence no lo quería recibir, que ella se rehusaba a que fuera su abogado. También argumentaban que había un error en el nombre y que esa persona no estaba. Florence hablaba con el cónsul para saber qué había pasado con el abogado y pedir explicaciones de por qué no llegaba. Pasaron varias semanas antes de que pudieran encontrarse.

La primera vez que Ochoa vio a Florence le dijo que ella tenía una imputación directa en su contra. Ni Cristina ni Cristian la reconocían en sus declaraciones ministeriales. Sólo Ezequiel dijo que mientras estaba en cautiverio, escuchó una voz de mujer que hablaba con acento extranjero y arrastraba la erre, como si fuera francesa. Había visto que esta mujer traía un pasamontañas y lentes oscuros. Miró que por el pasamontañas se asomaba pelo largo, teñido y rubio (güero, fue la palabra que usó).

Ezequiel declaró que días más tarde, en otra casa de seguridad, esta mujer le vendó los ojos y le dijo que le quería enviar un regalito a su papá, que escogiera si sería un dedo o una oreja. Sintió que le doblaban el brazo izquierdo atrás de la espalda y le sujetaron el derecho. Luego lo llevaron al cuarto donde lo tenían secuestrado y sintió la mano y el brazo izquierdos totalmente dormidos. Al día siguiente, el 9 de diciembre, los agentes de la AFI lo liberaron. Más tarde, cuando tuvo enfrente a Israel y Florence y escuchó su voz, dijo que los reconocía sin temor a equivocarse.

Ochoa le dijo a Florence que no se hiciera ilusiones: el proceso sería largo. Calculaba cuatro años. Su caso no se resolvería en la primera instancia ni en la segunda, sino hasta el juicio de amparo. En todo caso, su mejor estrategia por el momento era tratar de demostrar que el arresto había sido montado.

Y entonces hablaron con la prensa y consiguieron la entrevista con Maerker, pero no podían prever el giro que tomarían las cosas después de que Florence habló para retar lo que decía el director de la AFI, Genaro García Luna.

Florence relata en sus memorias que el día de la transmisión de Punto de partida ella había tenido una larga conversación con el director de la casa de arraigo, un hombre de apellido Armas. Había sido uno de los pocos momentos reconfortantes de las últimas semanas, pues parecía que Armas la entendía. Por eso, Florence se sintió en la confianza de avisarle que esa noche Denise Maerker hablaría de ella.

Cuando comenzó el programa, una buena parte de los detenidos en la casa de arraigo estaba pendientes de la televisión. Entonces Florence escuchó que las autoridades negaban una y otra vez el montaje. Desde la puerta de su celda pidió al guardia hacer una llamada por teléfono en el aparato que estaba en el pasillo. Contestó un asistente. Le dijo que no colgara. Y la comunicó en vivo con Denise Maerker.

“En las celdas, los que miran la emisión comienzan a gritar, aplaudir, yo escucho el ruido de pasos que corren por el pasillo —escribió Florence—. A algunos metros de mí, del otro lado de la reja, veo una veintena de guardias que se pelean con la cerradura. Me gritan que termine, que cuelgue y eso me hace entrar en pánico. Yo quiero llegar hasta el final pero la reja se abre y yo les digo ‘se los dejo, se los dejo’. No tengo tiempo de colgar, están allí, saltan sobre mí y se adueñan del teléfono mientras que los otros detenidos, en sus celdas, se pasan la voz. Todo el mundo ha visto la televisión, todos me escucharon, gritan y aplauden, es la locura alrededor mío y la única cosa que me viene a la cabeza, en medio de esa bullanga increíble, en el momento en que yo me siento aliviada, serena y orgullosa de lo que acabo de hacer, a pesar de todo, es una nueva idea: ‘Florence, vas a salir de aquí'”.

Tres días después de la transmisión del programa, el 8 de febrero, Cristina Ríos y su hijo Cristian se acercaron al consulado de San Diego para ampliar su declaración. Cristina decía que cuando hizo la primera declaración, todavía estaba consternada y no había hecho mención de algo muy importante. Recordó que en alguna ocasión durante el secuestro se llevaron a su hijo argumentando que le iban a hacer unos análisis y cuando lo regresaron le preguntó qué le habían hecho. Cristian dijo que le habían sacado sangre del brazo, pero que no había sido un doctor, sino una mujer que hablaba con acento raro. Había logrado verle las manos y éstas eran muy blancas y bonitas.

Luego, el 10 de febrero, apareció otro testigo más. Leonardo Cortés era un comerciante que tenía un puesto en un mercado sobre ruedas cerca de la casa de Cristina Ríos. Se había enterado de que la señora fue secuestrada y cuando vio las noticias se dio cuenta de que la francesa era una persona que había estado siguiendo a la señora Cristina poco antes del secuestro. Declaró que esa persona no era común en la colonia pues era alta, rubia, de piel blanca y ojos verdes. Cuando el ministerio público le presentó una foto de Florence, Cortés la reconoció como la que seguía a Cristina Ríos Valladares y la misma que vio en la televisión.

La defensa notó que esta declaración tenía un grave problema. Cortés decía que esto sucedió en el verano de 2005, justo cuando Florence estaba inequívocamente en Francia. Cortés murió más tarde en un accidente automovilístico.

Mañana la sexta parte

Fuente: gatopardo.com por Guillermo Osorno


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2 comentarios el “La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 5)

  1. Es inviable el recurso de revisión que hacen respecto de una cuestión de Constitucionalidad, lo que deben hacer, presentar una petición ante la Comisión Interamericana de Derechos humanos y presentar las violaciones al procedimiento; se cuenta con seis meses a partir de la última resolución, esto es del Tribunal Colegiado negó el amparo.

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