La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 4)

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La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 1)

La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 2)

La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 3)

Florence Cassez nació en 1974 en Béthune, un pueblo del norte de Francia. A los 16 años decidió abandonar la escuela y entró a trabajar en una tienda de muebles. En 2001, a los 27 años de edad, fue nombrada directora de una tienda en Calais, pero un año más tarde se encontró sin trabajo, después de que ese negocio redujo su personal. Desorientada y con un poco de rabia, trabajó en un restaurante en Béthune, hasta que su hermano Sébastien le habló por teléfono para invitarla a venir a trabajar a México. Sébastien vivía en Toluca con su esposa Yolany y sus dos hijos. Se había mudado a México desde 1997 y trabajaba en una empresa que comerciaba productos médicos.

“Llegue a México el 11 de marzo de 2003”, escribió Florence Cassez en su libro de memorias À l’ombre de ma vie. Prisionnière de l’État mexicain, que saldrá publicado en Francia este febrero. “Sébastien me esperaba en ese aeropuerto un poco anticuado que hervía de sonidos y colores. Para mí, era el comienzo de una nueva vida. Estaba feliz de encontrarme de nuevo con él, se veía bien, estaba contento y sonreía mucho”.

Pero la estancia en México no resultó tan feliz como Florence esperaba. No se llevó bien con su cuñada y acabó por salirse de la casa de su hermano para rentar un apartamento en la colonia Roma con una compañera de trabajo. Es por esta época que Sébastien presentó a su hermana con Israel Vallarta.

Al principio, Israel le pareció un hombre correcto, serio, siempre vestido con cuidado, pero sin originalidad. Había conocido a Sébastien hacía unos años, cuando estaba casado y le compró equipo para un spa de su esposa. Ahora estaba divorciado. Vivía solo en un rancho sobre la carretera México-Cuernavaca, una propiedad con un gran jardín, una cruz al centro y una casa principal agradable. Trabajaba con sus hermanos, que eran propietarios de un taller mecánico de autos en Iztapalapa. Israel se dedicaba a comprar las refacciones para arreglar los coches. Durante los primeros meses de la relación, pasaron momentos agradables y apacibles, como las largas caminatas por los alrededores del rancho. Pero con el paso del tiempo Israel comenzó a mostrarse celoso y posesivo.

Hubo una ruptura y después una reconciliación, en parte, porque los padres de Florence anunciaron que iban a pasar unos días en México. Florence no quiso dar la impresión de que su aventura mexicana fracasaba y decidió darle a su relación otra oportunidad. Aquella fue la temporada que Bernard y Charlotte conocieron a Israel, como le contaron a Ricardo Abdallah en Francia.

Sin embargo, una nueva crisis empujó a Florence a dejar a Israel y mudarse a Francia durante el verano. Pero aquella tampoco fue una buena solución, pues lo único que hizo fue trasladar a Francia su malestar. Había estado dos años fuera y, al regresar a Francia se encontró casi sin amigos. Le costó mucho esfuerzo aterrizar en un trabajo porque era verano. Y tuvo largas horas para pensar. Tenía 30 años. Se sentía un poco avergonzada por haber regresado a Francia sin nada fijo en su vida. Como una reacción de orgullo, después de una conversación difícil con su padre, decidió regresar a México y comenzar de nuevo.

Israel aceptó darle albergue, tal vez con la esperanza de regresar con ella. “Por lo tanto, fui muy clara —escribió Florence—. Puse las reglas y él las aceptó gentilmente. Me veía hojear las páginas de los anuncios clasificados e intentar suerte aquí y allá. Yo lo veía ir y venir entre los talleres mecánicos de sus hermanos, donde trabajaba todos los días, así como ocuparse de otras cosas de las que yo tuve cuidado de no entrometerme”.

Al cabo de unas semanas, las cosas parecían enderezarse. Florence encontró trabajo como anfitriona del piso VIP del hotel Fiesta Americana Grand. Grupo Posadas le parecía una buena empresa para crecer y progresar. Luego, encontró un pequeño apartamento en la calle de Hamburgo, a unas cuadras de su trabajo. “Israel se tomó las cosas con filosofía y se propuso ayudarme con el cambio”, escribió Florence.

El jueves 8 de diciembre de 2005, cerca de las 10 de la mañana, Florence e Israel tomaron la carretera con rumbo a la ciudad de México. Manejaban una camioneta prestada con los muebles de Florence en la parte de atrás. Los estaban transportando al apartamento en la calle de Hamburgo para que ella se instalara definitivamente.

Florence cuenta en su libro que en la primera curva después del rancho, Israel tuvo que parar porque un camión de gas estorbaba en el camino. Algunos hombres vestidos con un chaleco naranja se acercaron para tocarle la ventana y le dijeron que harían una inspección de rutina. Le preguntaron de quién eran los muebles, a dónde iban y quién era Florence. Le pidieron su identificación y mientras la buscaba, otras personas armadas se acercaron, abrieron la puerta y sacaron a Israel del auto poniéndole un saco en la cabeza. Una persona se metió en el lugar de Israel. El camión de gas se quitó y esa persona arrancó la camioneta. Avanzaron un tramo corto. Luego se detuvieron. Esa persona obligó a Florence a salir del auto y meterse a otra camioneta que los esperaba. La pusieron en la parte de atrás del vehículo. Las ventanas estaban cubiertas y había una oscuridad casi total. La sentaron en una silla, que se bamboleaba violentamente. Manejaron como una hora. Había tres personas en el asiento del frente, que le estuvieron haciendo preguntas. Florence tuvo la sensación de que se metieron a la ciudad. Finalmente el auto se detuvo. Entonces, una mujer abrió la puerta corrediza de la camioneta y se fue a sentar junto a Florence. Siempre oscuro, la mujer la iluminaba con una lámpara de mano. Le explicó que ella, como sus compañeros, eran de la AFI y que habían estado vigilando a Israel, sus actividades y contactos. Ella no tenía de qué preocuparse. Luego siguió un largo interrogatorio. ¿A qué se dedicaba Israel? ¿Tenía casas en Iztapalapa? La mujer dijo que buscaban a una niña y a su mamá que estaban en una casa de Xochimilco.

Florence preguntó si podría ir a trabajar esa tarde, pues entraba a las tres. Ella le dijo que sí, pero insistió en lo de la niña en Xochimilco. Florence dijo que Israel tenía una hermana, Lupita, que vivía allá. Le describió la calle y la casa. Pero la mujer no prestó mucha atención. El tiempo pasó. La mujer regresó algunas veces más para seguir con un interrogatorio con las mismas preguntas. Florence tuvo la sensación de que se hacía tarde, porque la temperatura comenzó a bajar.

Pasaron muchas horas hasta que de repente hubo de nuevo una gran movilización. Los autos arrancaron, pero esta vez encendieron las sirenas. Al cabo de un rato la camioneta se paró. Alguien abrió la puerta y Florence se dio cuenta de que estaban de regreso en el rancho. Al principio pensó que la iban a liberar, luego miró cómo el ambiente era distinto. Había camionetas de la AFI y hombres uniformados por todos lados. Allí vio de nuevo a Israel. Estaba terriblemente golpeado. Apenas se podía sostener de pie y vomitaba. Policías con uniformes de la AFI lo golpeaban bajo el vientre.

Empujaron a Florence hacia la pequeña cabaña que está del lado derecho de la propiedad. Donde antes había una bodega llena de cosas, ahora había muros de tabla roca, algunos muebles, objetos distintos, y muchas personas dando órdenes y contraórdenes. Florence pudo ver a un hombre de barba con una venda en la cabeza. Luego supo que se trataba de Ezequiel. Cuando parecía que todo estaba acomodado, la gente salió de la cabaña. Se cerró la puerta y sólo quedó alguien en el interior que los vigilaba. Luego la puerta voló en pedazos. Entraron de nuevo los policías que se fueron sobre Israel, lo esposaron y lo tiraron al suelo. Atrás de ellos entraron las cámaras de televisión.

Mañana la quinta parte

Fuente: gatopardo.com por Guillermo Osorno


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