La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 2)

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La otra versión del caso Florence Cassez (Parte 1)

Pero nada fuera de lo común sucedió durante la estancia de los Cassez en México. Ellos subieron al avión de regreso a casa convencidos de que habría una boda en la familia.

El penal de Tepepan está por el rumbo de Xochimilco. Es una cárcel más bien pequeña. Ocupa la extensión de tres o cuatro cuadras. Llegué el día pactado, y después de pasar la seguridad, entré a la cárcel donde me estaba esperando una estafeta, una presa que trabaja como mensajera. Me condujo hasta el salón de visitas donde había una mesa blanca de plástico cubierta con un mantel de flores amarillas, a la entrada de un patio al descubierto. Junto a nosotros había otra mesa con una canasta verde que guardaba servilletas, café soluble en distintas presentaciones, azúcar, vasos desechables, cucharas y un rollo de papel de baño. La estafeta trajo una jarra con agua caliente a la mesa. Luego llegó Florence Cassez. Llevaba el pelo largo, ondulado y rojo. Tiene los ojos azules y la piel muy blanca, con pecas. Se conducía de manera muy erguida y formal.

Como tenía la intención de repasar en orden cronológico algunos acontecimientos de su vida, pregunté sobre la decisión de su hermano Sébastien de venir a vivir a México en 1997, cinco años antes que ella lo hiciera. Su corrección estalló como un globo. Hizo una mueca de desesperación e impaciencia. Dijo que eso lo preguntara a Sébastien.

A mí me enfurece escuchar que tengo que cumplir una sentencia de 60 años —dijo—. Pienso que se me ha declarado la pena de muerte.

Pregunté qué pensaba hacer. A pesar de que en ese momento tenía varios abogados, ella no sabía qué seguía. Estaba muy molesta porque la estrategia se había centrado en el asunto de la repatriación, no sobre su inocencia. Además, le habían pedido que no hablara con nadie. ¿De qué había servido?

Una persona nos interrumpió. Dijo a Florence que le hablaban de la dirección del penal. Ella se fue y regresó cinco minutos después. Me dijo que no podía seguir con la entrevista. Pregunté qué pasaba y ella dijo que acababan de llegar dos personas del consulado. Me escoltó presurosa hacia la reja de salida y luego la vi meterse a un cuarto donde estaba el personal diplomático.

La mañana del 9 de diciembre de 2005, poco después de las seis y media, Pablo Reinah, un reportero de Televisa, irrumpió en el programa Primero Noticias de Carlos Loret de Mola para anunciar la transmisión en vivo de “un golpe contra la industria del secuestro”. Las imágenes mostraban a miembros de la Agencia Federal de Investigación (AFI) cargando sus armas y entrando en fila por la puerta de una propiedad hacia un amplio jardín. El reportero dijo que él se encontraba en la carretera México-Cuernavaca. Sabía que en la operación se estaban liberando a tres personas, entre ellas, una madre y su hijo menor de edad. Sabía también que el jefe de la banda era un hombre que está casado con una mujer de origen francés. La cámara mostró a los policías corriendo por el jardín y luego dirigiéndose a una cabaña. En el pasillo de la entrada estaba un hombre atado de manos y tirado en el piso, boca abajo. Luego alguien lo volteó y le levantó la cara. Era Israel Vallarta. La cámara mostraba también algunas armas tiradas en el suelo.

Esta mujer que vemos tapada es una mujer de origen francés —dijo Reinah. La cámara mostró a una persona cubriéndose la cabeza con una sábana. Luego una mano jalaba la tela.

¿Cuál es su nombre?

Florence —dijo Cassez visiblemente asustada—. Yo no tengo nada que ver, no soy su esposa.

Reinah le preguntó si sabía que allí había tres personas secuestradas.

No, no lo sabía.

¿Cómo llegó?

Era mi novio, me estaba dando chance de quedarme en la casa.

La cámara volteó y enfocó hacia Israel Vallarta, que ya se encontraba junto a Florence y estaba sostenido por un policía. Después de preguntar su nombre, Reinah le pidió que contara cómo se urdió el secuestro.

Yo no urdí nada —dijo Vallarta—. A mí me ofrecieron dinero para prestar mi casa. Un tipo que se llama Salustio.

Carlos, vamos a movernos un poco para que entren los agentes de la AFI, y ellos me están pidiendo que nos salgamos —dijo Reinah a la cámara.

En un punto, Reinah se acercó con Ezequiel Elizalde, un joven con la barba crecida y una venda en la cabeza. Ezequiel, fuera de foco, se quejó de los malos tratos recibidos por los secuestradores, como el golpe en la cabeza por el que llevaba la venda. Cuando le preguntaron cómo era un día típico de su cautiverio, dijo que era un constante terror psicológico.

Doy gracias a la Policía Federal que me haya rescatado.

Cuando Reinah entrevistó a Cristina Ríos, cuya imagen también estaba fuera de foco, ella dijo que los secuestradores la trataban bien y que le daban de comer adecuadamente. Reinah quiso saber si ella podía identificar a sus captores. Cristina dijo que no. Siempre se presentaban encapuchados y hacían diferentes voces.

Después de interrogar a las víctimas, Reinah regresó con los presuntos secuestradores, que estaban afuera, metidos ya en una camioneta de la AFI. Parado frente a la ventana del vehículo le preguntó a Cassez si sabía que en el rancho estaban tres personas secuestradas.

No lo sabía, lo hubiera denunciado. Lo juro.

Qué hace usted en nuestro país.

Estoy trabajando —Florence interrumpió para corregirse— estaba trabajando en el hotel Fiesta Americana.

¿Qué hacia en el rancho?

Nada más estaba de paso, mientras buscaba un departamento. Ya lo encontré antier. Me iba a ir de su vida para siempre —dijo refiriéndose a Israel Vallarta, que estaba sentado junto a ella.

Mañana la tercera parte

Fuente: gatopardo.com por Guillermo Osorno


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