De vinos y tetas. Ella espía. Por casualidad, espía. Así se asoma al mundo de deseos que arde en sus vecinos de mesa y también en sí misma.

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No estoy segura si fue el frío decembrino o simplemente que era lunes, pero en la terraza del restaurante sólo había un par de mesas ocupadas. Escogí la segunda a la derecha. Mis ojos viajaban del menú a la Plaza de Coyoacán. Aún no decidía qué pedir, cuando me quedé observando a una pareja que se dirigía hacia donde yo estaba. Entraron, eligieron una mesa vecina a la mía. Una mujer sola en un restaurante siempre llama la atención; cada vez que lo hago, me llevo un libro, además de ser un excelente acompañante, es un gran defensor contra los intrusos. Generalmente ordeno un platillo y me sumerjo en la lectura, pero en esta ocasión, mi voyerismo me delató.

Él, un hombre maduro, muy varonil, rasgos angulosos y definidos, con mirada aguda y penetrante, con un acento extranjero que en un primer momento no alcancé a reconocer; emanaba testosterona. Ella tampoco parecía de aquí: alta, morena, ojos grandes y profundos enmarcados por pestañas largas y rizadas, nariz recta, labios delgados, pelo muy oscuro, un par de tetas bien formadas y aún en su lugar. Al escucharla hablar supe que ella sí era chilanga. Después de recorrerlos con la mirada, intenté retomar mi lectura.

De cuando en cuando los examinaba, no lograba comprender su relación. No era éste su primer encuentro; la complicidad era notoria por la postura y la cercanía de sus cuerpos. También deseché la hipótesis de que estuvieran casados: se miraban continuamente, hablaban y hablaban. Daba la impresión de que estaban completamente solos; los demás no existíamos.

Y como al parecer los demás realmente no existíamos, pude dar rienda suelta a una de mis oscuras y terribles perversiones: enterarme de la vida de los demás y así reinventar la mía.

El espacio que compartíamos no era muy amplio, por lo cual pude escuchar su conversación con bastante claridad. Se conocieron hace más de 20 años y por diversas razones se habían dejado de ver. Hoy se reencontraban.

El mesero se acercó y tomó la orden. Ella pidió una copa de vino blanco y él una cerveza.

Realmente no bebo mucho, me gusta tomar una o dos copas de vino o un vodka con tónica— aclaró ella.

Yo tampoco bebo, pero creo que esta ocasión lo amerita: tenía muchas ganas de verte, ya se lo dije a tu prima quien nos puso en contacto— dijo él.

¿A mí? ¿Y eso?— preguntó ella.

No estoy seguro de dónde nos encontramos por primera vez, desde ese momento me gustaste, pero ya estabas emparejada con mi amigo— confesó sin rubor.

Ella levantó la vista, lo miró fijamente, llena de incredulidad. Lo único que atinó a decir fue: “¿qué dices…?”. Dio un par de sorbos a su copa, lentamente la depositó en la mesa y dijo:

Vaya sorpresa enterarme, después de tanto tiempo, de que te gustaba. Es como de tragicomedia. No tenía ni la más remota idea de que yo te llamaba la atención; además, tú también ya andabas con alguien… ¿Por qué no me lo hiciste saber en ese momento?

Eras la pareja de mi amigo… Pero ahora te lo digo, ¡estás guapísima!

La prudencia no es mi fuerte. Ante esa declaración moví la cabeza con tal indiscreción que ambos me miraron. Intenté retomar la lectura. Vano esfuerzo, me había enganchado totalmente. Como la tragicomedia es mi elemento, esa respuesta me permitió reelaborar mi propia historia; la de una mujer que ahora prefiere comer sola a estar en compañía de hombres frívolos y poco sensibles. No podía dejar de mirarlos. Ella movía las manos, daba a su copa algunos tragos atarantados. Intentaba guardar la compostura pero a leguas se le veía nerviosa. Le agradeció el piropo, se rio y rápidamente, en un intento por reconocer alguna sensación de aquella época, le preguntó qué había hecho en estos años y por qué había decidido dejar su país.

Sin mayores aspavientos, él accedió al interrogatorio. Le contó que había viajado y vivido en varios lugares; que ocupó cargos importantes en la academia y en el gobierno; que era padre de dos hijos, y que su pasión por el tema del conflicto y la seguridad nacional de Oriente Medio no había decaído.

¡Claro, la última vez que te vi fue en televisión! Te hicieron una entrevista sobre Beirut y el conflicto con Hezbollah en 2006. Siempre has intentado ser objetivo, pero estoy segura de que te inclinas por el bando al que pertenezco— dijo ella riendo.

¡No lo dudes! Las mujeres de origen libanés me fascinan.

Como si no hubiera escuchado el piropo velado, siguió bombardeándolo con preguntas sobre la guerra, las posibilidades de negociación, el conflicto Israel-Palestina y la paz en el Medio Oriente.

Contestaba, daba su punto de vista y se interrumpía para decirle lo guapa que estaba, lo mucho que le gustaba. Ella, como por arte de magia, había ensordecido, no lo escuchaba o no quería escucharlo. Él insistía, hasta que (para su sorpresa y la mía) se puso de pie, recargó los antebrazos sobre la mesa, y le plantó un beso… un beso fugaz que duró una fracción de segundo; ella intentó recuperar la postura, pero no sabía bien a bien qué hacer o qué decir. Lo único que se le ocurrió fue llamar al mesero y pedirle más vino.

Mientras ella tomaba algunos sorbos, me quedé pensando lo paradójicos que podemos ser los seres humanos, no esperé una reacción así y creo que ella tampoco. Mucho menos de un hombre que está contra la invasión israelí, pero que, por lo visto, si gustaba de otro tipo de invasiones. Me inquieté, ¿qué me estaba pasando?, ¿por qué me parecía tan atractivo el comportamiento de ese ser? Yo misma soy una paradoja.

Él la miraba divertido. Sus actos, su lenguaje corporal y la masculinidad de su comportamiento habían despertado en ella el deseo. Un deseo que no debía notarse: siguiendo las tradiciones, éste debía estar bajo los velos, pero sus ojos la delataban.

Él lo notó y sabía exactamente lo que quería. Estaba seguro de que lo conseguiría. No lo había logrado hacía 20 años, pero ahora que se le presentaba la oportunidad por segunda vez… ¡No la perdería!

Ella seguía hablando; él escuchaba distraído, sus ojos se perdían en su cuerpo, su mirada irrespetuosa iba y venía de sus labios a sus senos. Ella lo notaba, la sentía sobre la piel. Penetrada por una mirada que la atravesaba toda, que la desnudaba, se sabía deseada.

Levantó la mano, se acomodó el pelo con un gesto provocativo y lo miró fijamente; sonriendo le dijo: “¿Crees que el conflicto de Medio Oriente se solucionará?”.

Sabes que el conflicto es uno de mis temas preferidos, pero hay otros que también me interesan mucho y uno de ellos es decirte lo bien que estás y lo mucho que me gustan tus tetas.

Ya sin ningún recato, volteé. Me urgía saber cuál sería su reacción, qué respondería ante tal confesión. Bajó la mirada, buscó la copa y se la llevó a los labios, continuó fingiendo que no escuchaba, hasta que, sin esperarlo, sintió sus manos grandes, firmes, acariciando sus tetas y le oyó murmurar: “Sí, sí, así las esperaba”.

Pidió otra copa. Ella, que no bebía, se terminó una botella. Cenaron, platicaron y la seducción continuó. La temperatura de la noche decembrina había ido subiendo, aunque los demás comensales no lo habían notado y seguían con sus abrigos puestos. Cerca de la medianoche, se levantaron, la abrazó, la tomó del hombro y alcancé a ver cómo su mano bajaba hasta posarse en su cadera.

Para justificar mi larga estancia en el restaurante, yo también había pedido unas copas de más. Cuando se fueron, me negué a que el frío volviera a amenazarme. Yo, como ella, soy una mujer paradójica, también de origen libanés. Deseo con todo mi ser la liberación de Palestina, pero confieso que esa noche deseé también una invasión… manos firmes rasgando los velos y encontrando desnudez, una desnudez más allá de la mera ocupación y del conflicto.

Fuente playboy.com.mx por Aisha Sambra


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