Entre el placer y la rutina

rutina-y-placer.jpg Si hay algo que envuelve todo un misterio y numerosas vivencias, eso es el placer sexual y la erótica conyugal. Es decir, las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer que se unen en un compromiso marital.

Ya desde épocas lejanas, como la del clásico Plutarco, que escribió El erótico, es este un tema de debate inagotable.

En las culturas primitivas, sobre todo las musulmanas, su sentido era muy estricto. Conceptos conservadores ortodoxos, vigentes incluso en la Edad Media, llegaron a producir la mayor aberración hacia las mujeres. De ahí el lema, “Una dama en la sala, una p**a en la cama”.

Fue Sigmund Freud, el famoso autor del sicoanálisis, quien desarrolló varias teorías al respecto. Según Freud, el “desfloramiento” no tiene sólo una consecuencia natural en el organismo femenino, sino que puede provocar reacciones de hostilidad e inhibición sexual.

Conflictos anímicos y psíquicos

Ese sometimiento de la mujer hacia el hombre, esa exigencia de “pureza”, es aberrante y desencadena un profundo rechazo por parte de la mujer. El singular tabú de la virginidad, el temor del esposo a no someter a una esposa virgen, provoca conflictos anímicos y síquicos.

Por ello, la mayoría de los sexólogos consideran que son más excitantes y placenteras las relaciones de segunda ocasión.

Es así como el primer matrimonio, ese compromiso sellado bajo la fuerte presión de una mujer “pura y virgen”, desaparece en las segundas relaciones, mucho más libres, desinhibidas y sensuales. Sometida ya la mujer una vez, enaltecido el ego machista, el camino es más libre, fácil y placentero.

Una erótica conyugal basada en el desfloramiento de la mujer provoca en ocasiones una reacción hostil y una falta de libido femenina.

A pesar de su larga tradición conservadora a través de los siglos, y su pervivencia aún en muchas culturas, la erótica conyugal no debe estar marcada por esta exigencia, que supone un latigazo machista y discriminatorio.

Muchas parejas se separan, precisamente, por esa férrea exigencia de fidelidad mal entendida, ignorando que en el sexo, las ataduras alejan el deseo y reprimen la espontaneidad. No existe placer o goce sexual completo con estas premisas y conceptos.

Ligar eternamente el placer de una mujer a un determinado hombre, es un acto de servidumbre. Establece una jerarquía de posesión y dominio insanos, con una reacción de hostilidad bajo dos fenómenos.

Por un lado, un complejo de castración, una ofensa en ese acto de ser “desflorada”. Por otro, una represión que, a la larga, acaba en un rechazo hacia la pareja conyugal. En las alas del placer, el intento de ser cortadas con tabúes y prejuicios, deriva en una actitud servil, pero nunca plena y orgásmica.

Virginidad no tan sagrada

Por esto, muchas tribus primitivas, incluso los sabios egipcios, preferían el desfloramiento de las mujeres en personas ajenas al matrimonio, con el fin de prevenir esa hostilidad negativa hacia el esposo.

Ello también era común entre los romanos y civilizaciones indígenas de América, donde la virginidad no es tan sagrada como la impuesta por estrictas religiones.

Dentro del matrimonio, la erótica entre los cónyuges es toda una asignatura pendiente. El hombre suele mermar en su deseo sexual y, conforme pasa el tiempo, no ver a la mujer como una amante deseada, apetecida, sino únicamente como la madre de sus hijos.

Ello conlleva el riesgo de unas relaciones rutinarias, monótonas, que pueden abocar en la ruptura conyugal. Las segundas nupcias, en caso de que en el primer matrimonio la novia fuera virgen, ya estarán más libres de tales efectos.

Por eso, y tal como escribió Plutarco en su famoso Erótico, la pasión se inventa cada día, si existen madurez y autoestima. Es la única manera de salvaguardar unas relaciones sexuales conyugales que pueden pasar por muchos altibajos.

El mayor peligro del matrimonio y las parejas estables es precisamente la rutina y el aburrimiento, lo que lleva, como dice el refrán, “a buscar fuera de casa lo que no se tiene dentro de ella”. Rutina y servidumbre son los mayores enemigos de una erótica y sana vida conyugal.

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