Es muy paradójico que en la sociedad del hiperindividualismo, en la época del yo como entidad emancipada, el reconocimiento, que siempre lo otorgan los demás, mantenga vigente su intocable potestad, su puesto cenital en la jerarquía de necesidades
Diferentes encuestas testimonian que la falta de reconocimiento en el trabajo es el segundo elemento de riesgo en la salud psíquica de las personas. El primer factor no es otro que el estrés originado por la evaluación de objetivos y la observación inquisitorial de la eficacia del desempeño. Esos dos últimos factores son más entendibles como enemigos del equilibrio psíquico porque pueden acarrear consecuencias aciagas. Pero la ausencia de reconocimiento se torna alucinante puesto que inicialmente es un vector despojado de perspectivas utilitaristas y crematísticas. Incide exclusivamente en los resortes identitarios del individuo, aunque muchas entidades lo mimen no para empastar la identidad de la persona, sino para aumentar la productividad de la firma. En una negociación se puede apreciar la importancia de la otra parte sabiendo que ese reconocimiento va a facilitar las cosas, no a enturbiarlas ni a debilitarnos. Quizá me tilden de plomizo, pero lo repetiré una vez más. Detrás de cada una de nuestras acciones, por muy heterogéneas que sean, se agazapa el ansia de satisfacer una de los tres vastas regiones de la motivación: la filiación, el logro y el poder.
Resulta sorprendente que la necesidad de reconocimiento goce de un protagonismo tan exacerbado. Me he explicado mal. Lo que provoca estupor es que el habitual episodio de que no se reconozcan los méritos y habilidades degrade la salud mental de los individuos y ensucie su proyecto de realización personal. Ese ansia por conquistar partículas de prestigio ilustra con cegadora obviedad lo mal que nos sienta una crítica y lo mucho que nos colma un elogio. De nuevo depositamos en el otro la expectativa sobre nosotros mismos. El otro se erige en legislador de nuestros méritos y en tasador de nuestra valía, en ingrediente ineludible de nuestra propia promoción. Es muy paradójico que en la sociedad del hiperindividualismo, en la época del yo como entidad emancipada, el reconocimiento, que siempre lo otorgan los demás, mantenga vigente su intocable potestad, su puesto cenital en la jerarquía de necesidades para sentirnos plenos. En la era de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación seguimos necesitando algo tan arcaico como el aprecio. El ultraindividualismo anhela la cultura del reconocimiento. Sí, es una contradicción graciosa.
Fuente: www.negociaccion.net por Josemi Valle
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