Homeopatía (parte uno)
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El principio según el cual “lo semejante puede curar a lo semejante”, es decir, que una enfermedad debería ser tratada con una sustancia capaz de producir síntomas similares a los que padece el paciente, es la base de la homeopatía. Este principio se remonta a los tiempos del médico griego Hipócrates, que vivió en el siglo V de nuestra era.
En el siglo XVIII el médico alemán Samuel Hahnemann genio de su época, retoma una serie de principios universales tanto de los médicos y filósofos griegos, árabes, así como del médico suizo Paracelso, de los médicos vitalistas de la escuela de Mont Pellier en Francia -entre otros- y con toda esta serie de pensamientos universales, sistematiza y expone el cuerpo científico y doctrinal de la homeopatía.
Remontándonos a estos principios, podemos decir, que para tratar una enfermedad debemos de tomar en cuenta al paciente en su totalidad, es decir, que no basta con conocer las alteraciones físicas que le aquejan, sino también su estado emocional.
Las alteraciones físicas por lo general son resultado de un desequilibrio energético. Como homeópatas, sabemos que para corregir ese desequilibrio , necesitamos un equivalente dinámico que está representado por el remedio homeopático, el cual no causará toxicidad y restituirá al individuo en su totalidad, en este sentido, estamos aplicando principios universales, que actualmente, la física cuántica está pudiendo explicar satisfactoriamente, es decir, que lo que provoca la enfermedad, antes de las bacterias es la predisposición dinámica.
Como médicos interesados en el sufrimiento psicofísico del paciente, cada enfermo es visto en la homeopatía como un individuo único e irrepetible, así si varios individuos padecen la misma enfermedad, cada cual, según sus manifestaciones muy particulares recibirá un remedio diferente.
Ya decía el viejo médico griego Maimónides que no hay enfermedades, sino enfermos.
Practicar así la medicina coloca al médico y al paciente en una relación empática que redundará en un auto-conocimiento conciente, creativo y evolutivo a favor del paciente, que se reflejará en que el individuo pueda estar en equilibrio para realizar los más elevados fines de su existencia.
El médico por su parte, irá observando estos cambios trascendentes de su paciente, lo cual también le dará una enorme satisfacción en su proyección como ser humano y como médico.
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