La tarde de un Rey
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Yo nunca había presenciado una corrida de toros y aunque desconozco todo lo referente a la tauromaquia he de decirles que me quedé encantado ante esa danza que se da entre toro y torero, ante la plasticidad y suavidad del movimiento que inspira, que llega, que cala las fibras y hace que la multitud se emocione. Lo único que no me gustó es que lastimen al toro, pero ese otro tema, que trataremos en otra ocasión, ya que en esta, mencionamos la magistral actuación de un joven talento francés.
Una famosa canción mexicana llamada “El Rey” dice que “no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar” (escúchala aquí).
Y eso fue justamente lo que hizo Sebastián Castella, la joven figura francesa que llegó tarde a la temporada, pero supo llegar. Lo que realizó en la Plaza México de la Ciudad de México, dentro del marco del 62 Aniversario del monumental escenario, fue excepcional, dos faenas en las que demostró el porqué está decidido a ser otro de los consentidos de este coso, le pese a quien le pese.
Ahora que trae el cabello largo, Castella parece Sansón. Su fuerza taurina, la variedad de su capote, el sentimiento con la muleta, el temple y, cuando se necesita, el poder, le llevaron a ser «El Rey» de una emocionante tarde en la que Castella conquistó el corazón de los aficionados. Reapareció tres años, casi, después y lo hizo maduro, seguro de sí mismo, dueño y señor de la situación. Parece un detalle fino, pero su apoderado, Luis Manuel Lozano, volvió a vestir chaqueta y corbata como hacía tiempo no sucedía. Se vistió de gala porque sabía que así sería la actuación de su nuevo y joven poderdante, con el que se lió ya su primer pleito al defenderlo para que viniera a La México en las condiciones normales de un torero que ya es, aunque en lugar de ser tres corridas fuese una, como «El Rey».
Hay que saber llegar. Y lo hizo, no mintió. Su faena al primero, de chiquita presencia, propiedad de Teófilo Gómez, fue un faenón, sí, en el que Castella estuvo realmente extraordinario, dejándose llevar por el corazón, por el sentimiento, con muletazos hondos, de profundidad, de entrega. Los cambios de mano, ayudados por bajo y trincherillas fueron un compendio de lo que puede hacer un torero cuando está seguro de sí mismo. Cuando sabe que la evolución es lo más importante y que él la está experimentando. Malamente falló con la espada, porque eso sí, cómo le cuesta matar, y por ello perdió el rabo. La vuelta al ruedo fue irrefutable, pedida por el público que se quedó en la plaza para ver otra faena, distinta, del mismo torero que ayer conquistó al público.
Esta vez con su otra cara, la del artista recio, pundonoroso, valiente y entregado. Buena también su labor, que pese a pinchar le mereció una oreja, que la aventó al tendido al iniciar la vuelta al ruedo, aunque él sabía que representaba mucho en su carrera taurina en la Monumental.
¡Viva la Francia! ¡Torero, torero! ¡Viva la Francia!, otro que con la mano y la boca entonó la Marsellesa fueron las demostraciones de cariño de un público que, como ningún otro, se entrega, cuando el torero vale. Castella, señores, está aquí.
Sebastián Castella, vuelta al ruedo y oreja.
Fuente www.abc.es
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