La Ruta del Vino
Dale un clic al mapa de la izquierda, prepara el mejor mantel, velas, imagínate tres horas preparando una suculenta cena, ‘álguien’ muy especial viene a cenar a casa y aun falta decidirnos por el imprescindible tercer protagonista a la mesa: un buen vino. Por supuesto que al calor de la cena y la plática no imaginamos todo el proceso que la uva pasó desde la vid hasta la mesa. Del desierto a su mesa El noroeste mexicano ha cargado con el mito de ser tierra agreste y sin vida. En su defensa, ese rincón del país nos descubre uno de los más sensuales placeres que ha creado la humanidad: el vino.Desde la llegada de los conquistadores españoles se comenzó a cultivar la vid en la Nueva España incluso en el altiplano central.
Pero al comenzar a competir los vinos novohispanos en cantidad y calidad con los peninsulares, la corona española decretó destruir viñedos y dejar sólo la producción necesaria para el vino de consagrar que pudieran usar los clérigos de América.
El valle de Guadalupe, 100 kilómetros al sur de Tijuana, cuenta con un clima similar al de la zona mediterránea, esto lo hace propicio para el cultivo de la vid.
En ese valle, también conocido como el de Calafia, a mediados del siglo XX resurge la industria vitivinícola mexicana, y empresas como L.A. Cetto, Santo Tomás, Domecq o Monte Xanic han logrado entrar a los círculos europeos con sus creaciones e incluso han conseguido premios.
Para promover turísticamente el valle de Guadalupe, se creó la Ruta del vino, recorrido que el visitante puede hacer en la carretera federal 3, donde podrá conocer en las casas vitivinícolas el proceso desde la pizca o corte de la uva, hasta la llegada a la mesa del comensal.
En algunas casas, el anfitrión es directamente el enólogo, la persona que está detrás de cada secreto del vino de la casa, desde el cultivo de ciertas variedades de uva, la decisión del mejor momento para cortarlas, hasta los tiempos y temperaturas para fermentar y almacenar, en fin, la personalidad del vino encarnado en una sola persona.
No se pierda la visita a la cava, depósito subterráneo donde ya embotellado, el vino aguarda su punto de maduración y el momento de ir hacia las tiendas.
Concluya su visita con una degustación de los diversos vinos que la propia casa produce. El recorrido no tiene ningún costo, pero sí la degustación. El precio puede fluctuar entre los 25 y los 80 pesos, apenas un costo de recuperación.
Tras conocer la historia desde el racimo hasta la madurez, quizá querrá llevar alguna botella a casa. Todas las casas vitivinícolas cuentan con tienda de sus productos y parafernalia relacionada. El visitante nacional no tendrá problema alguno, el estadounidense tiene la limitante –pese al tratado de libre comercio– de no poder introducir a su país, más de una botella por persona al mes.
En Ensenada hay dos excelentes restaurantes para cerrar un día de viaje por el valle de Guadalupe: Punta Morro y La embotelladora vieja.
Esta noche, si la cena en casa fructifica, una buena opción es plantear un viaje en pareja a Ensenada, Baja California, para conocer personalmente las delicias que ofrece el valle de Guadalupe.
Si quieres descubrir todo el fantástico mundo de la ruta del vino entra esta página.
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Fuente: www.el-universal.com.mx






